Josephine Mutzenbacher

mayo 19, 2006

Capítulo 5, 6, 7 y 8

5

Frecuentemente en casa sentía cómo la cama de mis padres cimbreaba, así como la respiración fuerte de mis padres; pero nunca lograba distinguir nada en la oscuridad. Tenía ya una ligera idea de lo que sucedía dentro de la habitación, así pues cuando empezaba a sentir los ruidos, me tendía en la cama absorta, a la vez que me metía los dedos y me masturbaba. Descubrí así una nueva forma de darme placer. A veces oía cuchichear a mis padres, pero hablaban en voz tan baja que me era imposible distinguir las palabras.
En una ocasión, mi padre llegó a casa más bebido que de costumbre. Mi madre tuvo que levantarse para ayudarle a desnudarse. El ruido me hizo despertar y vi el cuarto iluminado. Mi padre empujaba a mi madre hacia la cama y le metía la mano por debajo de la ropa, ella lo iba rechazando.
El murmuró:
-¡Vamos… ábrete de piernas!
Mi madre se negó, diciendo:
-¡Lárgate! ¡Estás borracho!
-¿Y qué…? ¡Anda!...
Mi padre era un hombre muy fuerte. Con los ojos encendidos se apoderó de mi madre, le arrancó de un tirón el camisón, la tomó por sus pechos y la tumbó sobre la cama. Se tiró encima de ella y con su gran y rígido miembro se dispuso a consumar sus intenciones.
-Apaga la luz, los niños nos están viendo –dijo mi madre.
Pero mi padre replicó:
-¡Maldita sea! ¡Déjala así!
-¡Apaga las luces, tonto! ¡No querrás que los niños vean nuestro espectáculo! –insistió mi madre.
-Están dormidos –gruñó mi padre, y se afanó con su tarea.
Al cabo de un rato oí a mi madre:
-¡Oh!... me gusta tanto… ¡Esta noche lo tienes muy grande!
Cuando acabaron todo volvió a quedar en calma. Mi padre cayó en un sueño profundo, y mi madre hizo lo mismo poco después.
Cuando empezaron a roncar, me levanté de mi cama y me fui a la de Franz, que dormía en un catre cercano. El no había logrado ver nada, pero lo había sentido todo.
Una vez en su cama nos abrazamos con furor. El quería follarme encima de mí, pero yo me di la vuelta e hice que me ensartara por detrás, tal y como lo había hecho Robert. Al principio estábamos asustados al pensar que podían oírnos, pero nadie se había dado cuenta.
Al estar completamente desnudos, el frotamiento de nuestros cuerpos nos producía una sensación deliciosa. Cuando terminamos nuestro goce y descubrimos que estábamos relativamente a salvo, ya que los demás dormían, nos confiamos y repetimos la experiencia otras noches.
A los pocos días, tomamos en casa un nuevo huésped. Tendría unos cincuenta años más o menos. No sabía a qué se dedicaba, pero permanecía en casa mucho tiempo, se sentaba durante horas en la cocina a charlar con mi madre. En ocasiones, me quedaba a solas con él.
Tenía una barba espesa y tupida, por lo que yo me preguntaba cuánto vello tendría entre las piernas. Un domingo, cuando se lavaba, vi su pecho cubierto de mucho vello, lo que contribuyó a aumentar mi curiosidad respecto a sus otras partes.
Conmigo se mostraba afable y era frecuente que me acariciara, alborotándome el cabello, me pellizcara la barbilla y me diera mimos. Cuando me hablaba, acudía a él con la sonrisa en los labios.
En una de las ocasiones en que me quedé sola con él en casa, pensé:
-¡Esta es mi oportunidad!
Me dirigí a él y comencé a acariciarle la barba. Vio algo en mis ojos que le arrebató, por un instante, los sentidos. Se estremeció y me puso las manos entre las piernas, como si tratara de buscar un acceso.
Me había colocado de pie delante de él. No obstaculicé ninguno de los progresos que realizaba, más bien le sonreía para animarle. Siempre por encima de mis ropas me fue oprimiendo cada vez más. Yo me acerqué hasta colocarme entre sus rodillas, y le sonreí.
Se puso rojo, me atrajo hacia él y me besó. Me levantó el vestido, me bajó las braguitas y me dio un apasionado beso en la boca. Miró mi hendidura acariciándola con el dedo.
Aquello me producía una sensación diferente a lo que había sentido antes, pienso que era debido a que hasta este día me había limitado a jugar con niños, y en esta ocasión era un hombre maduro. Mi excitación era tal que no podía dominarme. No sabía con cuántos dedos estaba actuando, pero no me importaba. Sentía lo mismo que si estuviera follando. Empecé a jugar con el vello de su pecho, y presa de mi excitación comencé a moverme hacia adelante y hacia atrás. El se había sacado ya el miembro, y colocó sobre él mi mano. Era tan gordo que apenas podía cerrar mi mano a su alrededor.
Mientras me frotaba el Monte de Venus yo no cesaba de moverme y él me besaba; de pronto, se puso rígido, se retorció y empezó a eyacular; eran grandes gotas que llegaban muy lejos en el piso, y por mi mano escurría un diluvio de líquido viscoso y caliente.
Cuando a él le ocurrió aquello apresuró su movimiento sobre mi conejo, por lo que yo también me “vine”.
Al terminar, tomó asiento, y temeroso me pidió que guardara silencio sobre lo que acababa de ocurrir. Asentí con la cabeza, y me besó. Acto seguido se fue.
Durante algunos días no logré verlo. Parecía que estaba avergonzado. Esto me afectó a mí también, y cuando veía que se acercaba me alejaba apresuradamente.
Una semana más tarde, mientras jugaba con mis hermanos en el patio trasero de la casa, lo vi entrar. Como antes había visto salir a mi madre, supe que estaría solo en su cuarto. Sin titubear, me dirigí hacia allá sigilosamente; el corazón me palpitaba alocadamente, y la excitación que sentía me hacía temblar.
Al entrar en la cocina, me tendió anhelante las manos que le temblaban. Me arrojé en sus brazos, y al momento me puso la mano entre las piernas y empezó a jugar con mi conejo. Nos sentamos uno al lado del otro, y colocó su polla en mis manos. Tuve una buena oportunidad para examinarlo, y, debo decirlo, después de muchos años y habiendo follado miles de veces, no sólo en mi coño, sino en cualquier otra abertura de mi cuerpo, aquella era una muestra perfecta de lo que debe ser una verga fuerte y saludable, dos veces más grande que la de Robert, un poco curvada, con una gran cabeza roja y una espesa pelambre alrededor. No me cabe duda de que me hubiera dado gusto con ella, en caso de haber sido un poco mayor y estar más desarrollada.
Ansiosa toqué aquel gran miembro, tal como me había enseñado Robert. Cuando me cansé dejé de hacerlo, pero él murmuró:
-¡Sigue angelito; niñita querida; mi noviecita! ¡Por favor, sigue, no te detengas!... ¡Sigue!
Aquellas tiernas palabras, me agradaron tanto, que puse mayor empeño en mi labor, y traté de hacer lo que él deseaba. Sin que pasara largo tiempo, se corrió, lanzando un chorro a tal altura, que el diluvio casi me baña el rostro.
Pocos días después y mientras repetíamos, me dijo:
-Querida, angelito, novia.
Yo hacía todo lo que podía para agradarlo, y ejecutaba un movimiento circular con mis caderas, en tanto que él hacía de las suyas en mi raja.
-Oh, eres divina –continuó-, si sólo pudiera joderte bien ahora… sólo una vez, joderte nada más un poco!
Me aparté de él y me estiré de espaldas en el piso, abrí las piernas, y le dije:
-Ven, inténtalo.
Se acercó, se encorvó, tosió y dijo:
-No, maldita sea, eres muy pequeña.
-Eso no cuenta –respondí- Inténtalo de todas formas.
Aquello le puso fuera de sí. Colocó su mano bajo mi culo, me levantó y frotó su herramienta contra mi cofrecillo. No me aparté de la enorme máquina, sino que me aseguré de que el frotamiento fuera completo.
Entre embestida y embestida me preguntó:
-¿Habías follado antes?
Por precaución lo negué. Pero él insistió diciendo:
-Vamos, angelito, dímelo, tú ya habías follado, ¿no? Lo sé. ¿Con quién fue? ¿Lo hacías a menudo? ¿Te gusta?
Mi respiración se hacía más fuerte. Sentí las sacudidas de su máquina, pero me mantuve en mi negativa y le dije:
-No, de veras que no. Por supuesto que esta es la primera vez.
Cada vez jadeaba con más rapidez y aumentaba el placer que me producía.
-¿Te gusta? –preguntó.
-Oh, es tan fabuloso –contesté.
Entonces se corrió mojándome el vientre.
-Quieta –me ordenó, y fue secando hasta dejarme limpia.
-¿Me has dicho la verdad? Vamos, dímelo –volvió a preguntar.
Le contesté que sólo había visto cómo se hacía, y le señalé la puerta abierta de la otra habitación.
-Sí, sí, has visto a tus padres.
Su deseo era que se lo contara todo, y después de haberlo hecho y decirle lo que había visto y oído, se dedicó a jugar con mi conejo hasta que hizo que me corriera de nuevo.
A mi hermano, no le dije nada de que había fornicado con un adulto, pues él estaba siempre hablando de la señora Rhinelander, y soñaba con ella…

6.

Después de mi placentera experiencia con el barbudo huésped –olvidé decir que se llamaba Eckhard-, me fijaba en otros adultos imaginándome que me sentaba en sus rodillas, y jugaba con sus vergas. Me fijé en muchos hombres. Ellos se detenían y me miraban, con sorpresa.
Una vez uno de los que volvieron la cara, me guiñó un ojo, pero yo a pesar de mi excitación, no lo seguí. A partir de entonces me dediqué a pasear por las calles, buscando encontrar a un segundo señor Eckhard.
En una ocasión, por alejarme demasiado de casa, me perdí. Pronto se hizo tarde y empezó a oscurecer. Al cabo de un rato, me encontré a un soldado, al que dirigí una sonrisa. Me miró sorprendido, pero mantuvo su paso. Como estábamos solos, opté por detenerme y volver la cabeza, viendo cómo el soldado también había interrumpido su marcha y miraba mi espalda. Al sonreírle una vez más, él me llamó con un gesto.
Mi corazón latía con fuerza y mi hendidura ardía; estaba muy excitada. Pero el temor me paralizaba, aunque mi curiosidad era enorme.
El soldado se apresuró a darme alcance, y con el rostro grave me preguntó:
-¿Estás sola?
Con la cabeza asentí
-Ven, entonces –me dijo, y se dirigió a los arbustos.
Con temor, pero muy alborozada, le seguí. Nada más alcanzar los arbustos me arrojó al suelo de espaldas y se tiró encima de mí. Noté, al punto, la presión de su enorme y rígido miembro contra mi conejo. Bajé la mano, con la intención de ayudarle en su penetración. Me dolía mucho, pero no grité.
Al cabo de un rato, casi fuera de sí, hizo un gran esfuerzo. Noté cómo su cabeza me penetraba. Era tan grande el dolor que a punto estuve de gritar, pero mis labios aguantaron sin abrirse. No quería que se detuviera ahora.
Se corrió de repente. Saltó hacia atrás como si se tratara de un conejo, y escapó corriendo sin ni siquiera volver la cara. Las entrañas me ardían terriblemente, casi no podía caminar.
Al fin había sido jodida, real y verdaderamente follada.
Hasta dentro.
Había dejado, al fin, de ser doncella.
Al salir de entre los arbustos para alejarme, vi al soldado que meaba junto a un árbol. No había oscurecido del todo, pero empecé a asustarme. No tenía la más mínima idea del lugar en que me encontraba, pero caminé eligiendo las direcciones al azar, con la esperanza de encontrar algún lugar que me resultase familiar.
Aún no había recorrido un centenar de metros, cuando alguien me tocó en el hombro. Atemorizada, volví la cabeza y vi a un chico desarrapado, apenas algo mayor que yo.
-¿Qué hiciste con el soldado? –preguntó.
-¡Nada! –repliqué.
-¡Así que nada! ¿Eh? ¡Lo vi todo!
-¡No viste nada! –exclamé, casi gritando.
Cuando dije esto, me colocó sus manos entre las piernas, sintiendo la vulva húmeda todavía.
-Eres una puta –me escupió- Vi todo lo que hiciste. El soldado te la metió detrás de los arbustos.
Me di cuenta que era inútil seguir negándolo.
-Bueno, ¿y qué quieres? –le pregunté.
Avanzó hasta llegar a tocarme el Monte de Venus y oprimiéndole me dijo:
-Yo también quiero joder contigo. ¿Me entiendes?
-¡No, no! Vete, déjame en paz.
Me dio, entonces, una bofetada.
-¡No sabes a quién rechazas! –dijo- Has follado con un soldado y a mí me rechazas. ¡Ya verás! ¡GW seguiré hasta tu casa y se lo diré a tu madre! ¡Ya verás!
Con un salto, me separé de él, y eché a correr. Me atrapó y cogiéndome por los hombros me abofeteó de nuevo. Me di cuenta que sería inútil mantener mi actitud, y le dije:
-De acuerdo, acompáñame. Dejaré que me folles.
Volvimos a los arbustos y me estiré en el suelo. El me levantó el vestido y se acostó encima de mí, diciendo:
-¡Llevo toda la tarde esperando que aparezca una chica para follármela!
-¿Cómo fue que me viste?
_Vi desde la hierba cómo el soldado se te acercaba, y os seguí hasta aquí.
El chico no estaba mal provisto, tenía una lanza bonita y puntiaguda, que usaba bastante bien. Empecé a gozar, sin entender porqué había intentado escapar. El disfrutó también, ya que se conducía con una precisión cronométrica. Estaba muy dolorida, pero me sentía orgullosa, había sido jodida de nuevo, como una mujer adulta.
Tardó en acabar, y cuando lo hizo se separó de mí de un salto y se alejó corriendo. Seguí de nuevo mi camino hasta que reconocí un edificio, encontré mi calle y llegué a mi casa.
Mis padres no estaban. Habrían ido a la posada a pasar la velada. Los niños dormían. Al entrar, el señor Eckhard se despertó y, en voz baja me llamó.
Me acerqué, y él puso en mi mano su verga, que ya estaba enderezada y rígida. Estaba completamente desnudo, por ello pude tocar sus muslos, la verga, la bolsa, todos los atributos que poseía.
-¿No quieres quedarte un ratito? –preguntó.
-No, esta noche no –contesté.
Quiso meterme la mano por debajo del vestido, pero me aparté, no quería que se diese cuenta que estaba mojada. No obstante, tiraba de su polla con todas mis fuerzas, y mi excitación fue tan intensa que me olvidé de todo.
Me alzó el vestido y me colocó sobre él; empezó a moverse hacia arriba y abajo, murmurando:
-¡Angelito maravilloso! ¡Corazoncito!
No se dio cuenta, por suerte, de mi humedad, y de pronto empezó a lanzar su chorro. Me mojó de tal forma que mi vestido no se secó en toda la noche.
Aquel día había sido, sin ninguna duda, muy agitado, casi tanto como el día que Robert me enseñó a follar y a chuparla de verdad.


* * * *

.

Franz seguía obsesionado por la señora Rhinelander, y yo, por mi parte, la vigilaba estrechamente al objeto de informar a mi hermano del desarrollo de los acontecimientos. Vi cómo, a menudo, charlaba con el señor Horak; yo sospechaba que ambos mantenían relaciones íntimas; no me equivocaba, como más tarde quedó demostrado.
Este hombre era un cervecero que iba a casa todos los días provisto de una carga de cerveza, la cual dejaba en el sótano. Tendría unos treinta años y era alto, fuerte y atlético. Tenía la cara muy colorada y levaba unos pequeños pendientes de oro, lo que me llamaba la atención de forma especial. Me parecía un tipo de buen ver, y siempre vestía una bata blanca o un traje azul. Destacaba una gruesa cadena de la que, a modo de dije, colgaba un caballito de plata.
Al regresar de la escuela, un día, vi como la señora Rhinelander y el señor Horak charlaban muy juntitos. Ella vestía una blusa roja suelta, no llevaba sostén, por lo que sus pechos, incluso sus pezones, eran perfectamente visibles.
El señor Horak se acercó a ella más aún. Y ambos rieron. El tendió la mano, para tocarle las tetas, y ella lo rechazó; intentó luego meterle la mano bajo la ropa y ella se separó de un salto sin dejar de reír. Al cabo de un rato se pusieron a platicar de nuevo muy juntos y en voz baja, por último él desapareció dentro de la casa, seguido de inmediato por la señora Rhinelander, bajando ambos a la bodega.
Esperé unos segundos y con precaución les seguí. En la pared descubrí un nicho donde poder observar sin ser vista. La estancia aparecía iluminada por una ventana existente entre dos toneles de cerveza.
Ellos estaban en el centro de la bodega, abrazándose y besándose. El había conseguido desabrocharle la blusa y jugaba con sus pechos, que eran grandes y firmes con color lechoso. A medida que el señor Horak los manipulaba, observé cómo los pezones se hacían más grandes y duros. Ella, mientras él la besaba, le palpaba el frente de los pantalones, hasta que le abrió la bragueta y metió la mano dentro.
Al acariciarle el miembro, ella empezó a temblar, excitándose ostensiblemente. Tenía una máquina tan desmesuradamente larga que la mano de ella se veía pequeña al recorrerlo de un extremo a otro. Yo estaba sorprendida de su tamaño y delgadez.
La respiración del señor Horak era tan fuerte que desde donde yo me encontraba, se podía oír perfectamente. Llevó a la señora Rhinelander hasta un barril, la hizo sentar y apoyar la espalda contra el muro.
Ella murmuraba:
-Ven rápido. ¡No puedo resistir más!
El la levantó las piernas con los brazos y en esta posición introdujo el largo palo. Penetró con fuerza hasta donde pudo y ella, con voz ronca susurró:
-¡Caray! ¡Me estás desplazando el estómago!
Era la primera vez que veía follar en esa postura, por ello no me perdía detalle. El le había puesto una mano entre los pechos. Ella no cesaba de besarle, gimiendo, jadeando y murmurando:
¡Oh! ¡No puedo resistir esto más… voy a morir!... Ahora, así… no te corras todavía… Me estoy corriendo… por Dios… me estoy corriendo otra vez… ¡Oh! ¡Dios!... Contente, no te corras… ¡te lo suplico!... Esto es celestial… Yo… Yo… Jesús… María… Si mi marido follara como tú lo haces… Me estoy corriendo de nuevo… Lo siento tan grande en mí… Mételo todo… ¡Oh! ¡Dios!... Nunca he tenido dentro algo tan rico como tu polla… ¡Lo puedo sentir hasta la garganta!... Si lo hubiera sabido, te lo hubiera dado desde hace tiempo!... ¡Sólo una loca se negaría a recibir tan extraordinario placer!... ¡Oh! ¡Oh! ¡Dios! ¡Más rápido, más rápido!... ¡Dios mío!... ¡Oh, qué rico es!
El señor Horak, no contestaba, seguía follando. La señora Rhinelander se contorsionaba sobre el barril, con las nalgas hacia adelante. Con un empujón final él le metió por completo toda su vara.
-¡Ah!...!Ah!... –gemía la mujer, embargada por el placer.
Ya sin fuerzas, ella dejó caer la cabeza. El retiró su miembro de ella y se bajó del barril arreglándose la ropa. Le abrazó y besándole dijo:
-¡No hay un hombre de cada diez que pueda hacerlo así!
El, con gran calma, encendió un cigarrillo y preguntó:
-¿Cuántas veces te has venido?
-¡Oh! No lo sé. Por lo menos cinco.
El empezó a acariciarle los pechos y con el otro dedo la hendidura de la mujer, mientras preguntaba:
-¿Cuántas veces te corres cuando fornicas con tu marido?
Ella respondió en un tono que expresaba su disgusto:
-¡Ninguna! ¡No acaba de metérmela cuando ya se descarga, así sólo me atormenta, me deja tan excitada que tengo que acabar satisfaciéndome con los dedos!
-¿Por qué no le dices que te trate mejor?
-Lo he hecho, pero dice que todos los hombres follan igual; que no hay diferencias. Pero yo sé bien que eso no es cierto. El ni sueña que yo, de vez en cuando, consigo algún botín por ahí: un buen trozo de carne. A veces pienso que si lograra que él lo hiciese una segunda vez, duraría un poco más y podría correrme, pero no llega a ocurrir. No consigue que se le empine de nuevo. Con frecuencia lo intento con la boca, pero sin éxito. No puedes sospechar a los límites que puede llevar a una mujer un tipo como mi marido. A veces el deseo me vuelve loca. Me lleva al borde de la desesperación, ya que sencillamente no fornica como es debido.
El se acercó a ella. Todavía conservaba en sus manos los blancos pechos, que a mí me parecieron excelentes. Le dijo:
-¿Por qué no me enseñas cómo te metes la cosa de tu marido en la boca? No me lo han hecho nunca.
-No me lo creo –replicó ella-. Estoy segura que puedes tener a todas las mujeres que desees. Todas se alegrarán de hacértelo.
Yo, desde donde me encontraba, pensé lo mismo; incluso que sería muy agradable hacer cualquier cosa con él.
-No –insistió el señor Horak-. Quiero que tú me la chupes. Vamos ¡Demuéstramelo!
La hizo retroceder hasta el barril, y sin soltarle los pechos se paró cerca de ella.
-Pero contigo no es necesario –dijo ella- Se te empina sin necesidad de eso.
El se sacó el arma, que estaba fláccida y suave, y dijo:
-Como ves, no se me ja vuelto a empinar.
Ella la tomó, y dijo:
-Me has vuelto a excitar y ya no tengo tiempo. Debo irme…
El siguió acariciándole los pechos. Ella entonces se lo metió en la boca. Fue él quién gritó:
¡Madre!... ¡María…José!
Entonces oí pasos que bajaban por la escalera, ellos no estaban en condiciones de poder oírlos, tal era su ensimismamiento. Sin pensarlo un momento, grité:
-¡Alguien viene! –y me lancé fuera de mi escondrijo.
Quedaron paralizados sin dejar de mirarme. El con un rápido movimiento ocultó su máquina en los pantalones, abrochándose de prisa.
Ayudó a la señora Rhinelander a abrocharse la blusa. Me coloqué junto a ellos, temblando por saber quién se acercaba. Permanecimos quietos y silenciosos, mirándonos mutuamente, si bien ellos aparecían avergonzados.
Resultó que fue el dueño de la casa el que bajaba. Nos saludó con la cabeza y pasó a buscar una escoba. No debió observar nada raro en nuestra actitud, pues se marchó tan tranquilamente como había llegado.
El señor Horak clavó la vista en la pared, sin atreverse a mirarme. Al ver que yo guardaba silencio, la señora Rhinelander me tomó las manos y me dijo:
-¿Viste algo, queridita?
Agité la cabeza al principio, y después lancé una carcajada.
-¡Lo vi todo! –dije.
Se asustó, me dio la impresión que iba a salir corriendo, por último pareció haberlo pensado mejor. No me soltaba las manos y los dos se miraron con aire desvalido. El señor Horak extrajo de su bolsillo una moneda de plata, un gulden, que me ofreció.
Estaba contenta del giro que habían tomado los acontecimientos, ya que por lo menos esperaba una azotaína. Mi ansiedad desapareció al darme cuenta que me temían. Me eché a reír, y ya me iba a marchar, cuando la señora Rhinelander me llamó, y con zalamería me dijo:
-¡Espera, niñita querida!
Dijo algo al oído del señor Horak, el cual enrojeció, y me dijo:
-Acércate, pequeña.
Cuando me tuvo a su alcance, me abrazó y me habló en tono afable:
-Explícate, ¿qué fue lo que viste en realidad?
Como yo no respondía, insistió:
-Vamos, dinos. ¡Dinos o que sabes!
-No, -respondí-, no sé.
-¿Ya ves? No sabe nada.
¡Claro que sí! –repliqué yo.
-Bueno, pues explícate. No temas al señor Horak. Si se lo cuentas todo te dará un regalo… o te enseñará algo muy bonito. ¿Qué dices?
-¡Usted se sentó primero en el barril y el señor Horak se puso entre sus piernas!
Me abrazó con fuerza e insistió:
-¡Anda prosigue!
Con sus pechos hice lo mismo que había visto al señor Horak.
Me preguntó:
-Bien, ¿y qué más?
-Vi cómo se metía en la boca su cosa –le murmuré al oído.
Estrechándome más entre sus brazos, me preguntó:
-¿Y no sabes cómo se llama eso?
Se acercó a nosotras el señor Horak, ella le guiñó un ojo y volvió a interrogarme. Yo, que deseaba demostrar que no era inocente, contesté:
-Si, señora Rhinelander.
-Vamos, hijita, dime qué es.
Me acerqué a ella negándome a contestar. Vi cómo mi actitud bromista la excitaba. Cogió con su mano el pene del señor Horak, que de nuevo estaba erecto y rígido, y al observarlo yo, le acarició la cabeza y dijo:
-¿Me lo quieres decir ahora?
Como yo guardaba silencio, me hizo poner la mano sobre el miembro – a lo que no puse ningún obstáculo- y lentamente hizo que subiera y bajara el prepucio; ella le sonreía, al tiempo que le empezaron a temblar las rodillas. La señora Rhinelander me obligó a bajar la cabeza hasta que mi boca quedó cerca de la potente máquina. Sin poder resistirlo, lo tomé con la boca y empecé a chuparlo.
Sentía sus pulsaciones. Era tan largo que sólo me cabía en la boca una cuarta parte del miembro. Estaba en este trabajo de chupeteo, cuando la señora Rhinelander dijo:
-¡No te corras! ¡Yo también quiero un poco!
Me bajó de su regazo, y se hizo penetrar. Después se volvió a mí, y me dijo:
-¿Y ahora sabes cómo se llama?
-¡Follar! –exclamé.
El señor Horak introdujo una mano bajo mi vestido, y se puso a jugar con mi conejo, metiéndome un dedo detrás de otro. Mis piernas se estremecieron de placer, y me parecía estar ardiendo. Con este juego nos vinimos los tres juntos.
Al acabar, y mientras se abotonaba los pantalones, el señor Horak indicó:
-Esta niña es toda una artista.
-Me di cuenta desde el principio –dijo la señora Rhinelander con una sonrisa- ¡Es una putita! ¡Una prostituta de nacimiento! –Y me preguntó- ¿Has follado alguna vez?

Por supuesto que lo negué, pero insistió:
-No te creo, no mientas. ¿Cuántas veces lo has hecho?
-¡Nunca! –me mantuve terca- Sólo he visto que lo hacían en casa.
El señor Horak se quedó en la bodega, mientras salíamos la señora Rhinelander y yo. Tenía la impresión de que ahora éramos socias y me sentía orgullosa de compartir un interés con una mujer adulta. Esto era diferente de lo que había hecho con Anna, Mizzie y los demás. Pensé en Ferdl, que había follado con ella en el desván, y como que también lo había hecho conmigo, se me ocurrió que existía una vinculación entre nosotras.
Al llegar a nuestro piso le confesé que no le había dicho la verdad. Admití el hecho de que yo ya había fornicado antes. Ella me interrogó, pues le interesaban los detalles: cuántas veces, con quién, etc…
Yo le contesté:
-Seguramente unas diez veces o más –a continuación jugué mi carta de triunfo-: Con varios chicos… uno de ellos es Ferdl, el joven, el hermano de Anna; usted le conoce…
Ella lo negó, pero insistí:
-Claro que lo recuerda. Le ayudó a llevar la cesta de la ropa al desván.
-¡Oh ¡, sí; ya me acuerdo –dijo.
Me acerqué a ella y en voz baja le dije:
-Me lo contó todo. ¿Sabe usted?
-¡Cállate! –me interrumpió.
Eso fue todo.
Unos días después, vi cómo el señor Horak se dirigía a la bodega, y lo saludé. Se quedó espiando que no hubiera nadie cerca y me dijo:
-Ven a la bodega.
Muy contenta, lo seguí.
Cuando llegamos al oscuro pasillo, se paró y me cogió la cabeza con sus manos, y apretó mi rostro contra la parte delantera de su pantalón. Enseguida metí la mano y saqué su miembro, acariciándolo suavemente con las dos manos.
-Qué bien lo haces –observó.
Me empeñé en complacerlo para agradecer su elogio. Metí la mano de nuevo en su pantalón y me puse a jugar con sus testículos, mientras con la otra subía y bajaba incansable su prepucio.
-¡Métetelo en la boca! –suplicó
Me negué. No sé por qué pero quería tenerlo dentro de alguna otra parte.
-Oye, mira, te daré otro gulden si me lo chupas –dijo.
-¡Hágame lo mismo que a la señora Rhinelander! –le dije, declinando su ofrecimiento.
-¿Quieres que yo te joda? –me preguntó en el colmo de la sorpresa.
Dije que sí con la cabeza.
-¡Pero niña, date cuenta que eres demasiado pequeña!
Yo seguía jugando con su verga, frotándomela por el Monte de Venus y tratando de metérmela, mientras le decía:
-No soy pequeña. ¡Puedo follar!
-¡Pero si ni siquiera tienes pelos!
-Y eso qué importa. ¡Quiero follar!
-¿Lo has hecho alguna vez?
Asentí.
-¿Cuántas veces? –preguntó.
-Varias –respondí.
Alzándome, me puso a cabalo sobre sus caderas, como si hubiera cargado a un niño, y me sostuvo con una mano, mientras yo le rodeaba el cuello con mis brazos. Me levantó la ropa con la otra, abrió mi conejo con sus dedos y empezó el ascenso.
Sentía cómo me penetraba la cabeza de su miembro. Yo subía y bajaba para ayudarlo en la penetración. Pero resulté demasiado pequeña para recibirlo. Después de un rato de intentarlo, me bajó y me dijo:
-¡No! ¡No quiero hacerlo así!
Su pene había enrojecido por el roce con mi cuerpo.
Se sentó en un barrilito y rodó otro más pequeño hasta colocarlo frente a mí. Me atrajo hacia sí de espaldas hasta que éstas le tocaron mientras yo permanecía en pie en el barrilito. Esta disposición me alegró, pues pensé que me penetraría por detrás como había hecho Robert. Pero me ordenó que me inclinara, cosa que hice, apoyando mis codos en otro barril. Mi culito quedó en lo alto.
Con curiosidad, volví la cabeza, y vi que se mojaba con saliva la punta de su pene. Me dijo que ello facilitaría la penetración. Se puso de pie y me levantó el vestido, se inclinó sobre mí e inició una penetración por la hendidura de mis nalgas.
Tenía mucho miedo por el cariz que había tomado la aventura. Intenté gritar, pero me calmó diciendo:
-Avísame si te duele.
Empujó más y al tiempo que presionaba en mi trasero con su herramienta, me introdujo un dedo en mi conejo.
-¿No te duele? –preguntó.
En realidad sí que me hacía un poco de daño, pero la sensación que estaba recibiendo en los dos agujeros era tan placentera que respondí:
-¡No!
Volvió a apretar y a preguntarme si me lastimaba.
Respondí con una negativa, se introdujo aún más, hasta el punto que temí que la gigantesca máquina hubiera entrado del todo (más tarde me aclaró que sólo había metido la mitad).
Primero me disgustaba la idea de ser jodida de esa manera, pero a medida que iba penetrándome me fui serenando. Desapareció el miedo que tenía a ser dañada, y el hormigueo que sentía era tan placentero que empecé a gemir. Al oírlo se retiró de pronto, interesándose por si me había hecho daño. Fue tan desagradable la interrupción de algo tan maravilloso que me enderecé rápidamente y dije:
-¡No! ¡No! ¡No me ha lastimado…! –y más dulcemente- ¡Por favor, vuelva a metérmela y déjela dentro!
Volvió a meterla, y yo murmuré:
-¡Déjelo allí dentro… allí… oh! ¡Es algo delicioso!
Actuaba con mucha delicadeza y no cesaba de trabajar con mi conejo. Por fin la metió hasta la empuñadura de un solo empujón. Yo mientras, no podía dejar de pensar en el chico desarrapado que me jodió entre los arbustos, y que fue quien me desvirgó; igual que en el soldado, que pese a sus intentos, no lo consiguió; ni Robert, que consiguió metérmela un poco; ni el señor Eckard, que logro un poco más. Estos pensamientos me excitaron tanto, que casi me pusieron fuera de mí.
Al objeto de sentir mejor el venablo de mi amante, apreté varias veces mis nalgas con fuerza; esto hizo que el señor Horak entusiasmara. Se inclinó aún más hacia delante, y me penetró aún con más fuerza, murmurando:
-¡Querida! Así está bien… aprieta un poco más… adorable putita…déjame que te joda todos los días!...!Nos reuniremos aquí mañana y siempre!
Estas frases me hacían electrizar, hasta llegar a la cumbre de la excitación.
-¿Follar conmigo todos los días? ¡Pero si es imposible! ¿No cree?
-¿Por qué? –preguntó, apretando aún más.
-¿Qué pasará si viene la señora Rhinelander?
-¡Bobadas! –murmuró- ¡Tú me gustas mucho más!
-¡No me lo creo!
-Te juro que es cierto.
A estas alturas había penetrado tanto en mí, que notaba cómo sus testículos golpeaban en mi trasero.
-Los pechos de la señora Rhinelander son grandes –le recordé.
-¿Qué importa eso? ¡Muy pronto tú también los tendrás bonitos!
-No, aún falta mucho tiempo.
Para consolarme me dijo:
-No te preocupes; si fornicas mucho, te crecerán enseguida.
Me agradaba tanto aquel futuro, que apreté las nalgas repetidas veces.
Mantuve silencio, su respiración se hizo aún más fuerte. Exclamó:
-¡Ya! ¡Ahora!... ¡Oh!... ¡Adorada mía!
Se había corrido. Sentí en mi interior derramarse algo cálido. Su venablo se agitaba espasmódicamente. Su dedo se metió aún más profundamente. ¡Todo mi cuerpo era recorrido por una lengua ardiente y cálida! Una ola caliente me invadía, se retiraba y volvía. Respiraba con violencia, gemía. ¡Era lo más fuerte que había sentido en mi vida! Cuando me levanté, descendió por mis piernas aquel jugo cálido, como si brotara de un manantial.

7

Durante varios días no volví a ver al señor Horak; ejercía sobre tanta atracción que había desplazado de mi mente al señor Eckhard. Tuve que satisfacer mis anhelos con Franz, tal como lo hacíamos antes. Vigilaba con frecuencia el dormitorio de mis padres, para ver si conseguía sorprenderlos alguna otra vez en pleno acto.
Pude así observar a mi padre, que jodía por detrás a mi madre. Otra vez era mi madre la que estaba encima. Una noche, me despertó el ruido enorme que hacía su cama; hablaban. Los dos estaban desnudos, mi padre “le estaba dando al pajarito”. Ella tenía las piernas sobre los hombros de él, que la clavaba a más no poder.
El susurraba:
-¡Me estoy corriendo…!
Mi madre protestó:
-¡No! ¡No, aguarda… contente… espérame!
Mi padre se corrió, se apartó a un lado y se desplomó en el lecho, completamente agotado.
Mi madre se enfadó considerablemente:
-¿Te parece bonito? ¡Ni me he enterado!
Esperaron un tiempo y ella preguntó:
-¿Podrías hacerlo otra vez?
-¡Quizá! Dentro de un rato –murmuró mi padre.
-¡Bah! ¡Dentro de un rato estarás roncando y me será imposible despertarte! –contestó mi madre, muy alterada.
-¡Pero ahora no puedo!
-Entonces, ¿Por qué no te contuviste? ¡Yo también quería gozar!
Al cabo de un momento, insistió:
-¿Puedes hacer que se te enderece?
-Aún no. ¡Espera!
-¡Pues yo lo conseguiré! –dijo mi madre.
Acto seguido se sentó en la cama, cogió el venablo de mi padre con la mano y empezó a jugar con ella. Mi padre le hacía lo mismo con sus pechos, pasó un cuarto de hora y no ocurría nada.
-¿Ves? ¡No se puede! –dijo mi padre.
Entre lágrimas, mi madre preguntó:
-¿Qué podríamos hacer?
-Nada –respondió él ¡Déjalo! ¡No se me empinará de nuevo!
Mientras mi madre seguía con su manipulación, por fin dijo:
-¡Se me cansó la mano! ¡Debo intentarlo de otra forma!
Se inclinó y empezó a mamarlo y morderlo. Su llanto sonaba amargadamente. Se le oía llorar con claridad.
-Es inútil, no se puede, -manifestó mientras seguía sin cesar en su llanto- ¡Oh, Dios mío! ¿Qué puede hacer una mujer con un hombre así? La metes una o dos veces y te corres, sin pensar jamás en que la mujer también desea su placer.
El guardaba silencio. Mi madre continuaba:
-¿Qué puede hacer yo? ¡Después de haber jugado y de haberlo mamado, la excitación me enloquecerá! ¿Qué dirías tú si yo me apartara cuando te fueras a correr? ¡Oh! Los hombres tienen más posibilidades de satisfacción, basta salir a la calle y conseguir una puta, pero ¿Y yo?, ¿qué pasaría si me buscara otro hombre?
-¡Oh, haz lo que te de la gana!
-¿Sí? ¡Me lo apunto! ¡No te creas que no puedo conseguir otro hombre, si me lo propongo!
Mi padre, entonces, se sentó en la cama, estiró a mi madre y le metió los dedos en la hendidura, mientras que con la otra mano, le trabajaba las tetas.
Rápidamente mi madre empezó un jadeo, su respiración se aceleró y aumentó en fuerza, mientras gritaba:
-¡Ahora, ahora! ¡Méteme todo el dedo! ¡Más! ¡Me estoy corriendo!...
-¡Oh!... ¡Ah!... ¡Fue delicioso!
-¡Por fin! –dijo mi padre-, deja que la pobre alma descanse.
Se durmieron, les oí roncar plácidamente. Sólo yo estaba despierta; mi excitación era total; deseaba un poco de “aquello” y no sabía por quien decidirme: Franz, Ferdl, Robert, el señor Eckhard, el soldado, el chico desarrapado, o el señor Horak. Como no podía disponer de ninguno de ellos, me masturbé y me quedé dormida.
Con los chicos del vecindario, pronto me familiaricé. Creo que algo tenían mis ojos o mis miradas que les animaba a pedirme “aquello”.
Ellos eran unos pícaros, y al igual que mi hermano, follaban con sus hermanas o amigas de ellas. Cuando me topaba en la calle o en las escaleras con alguno de ellos, invariablemente, me daban un azote en el culo, o me metían la mano entre las piernas. Si alguno me agradaba, le respondía tocándole el pene, en caso contrario, me alejaba.
Con las niñas no tenía mucha relación. Mi comportamiento en la escuela era correcto; si me decidía a hablar con alguna compañera, podía ocurrir que me explicara todo lo que sabía acerca del sexo; otras veces, si se trataba de “niñas buenas”, me miraban con disgusto, cuando iniciaba el tema, y después me rehuían.
A veces, si

-¡Pues yo lo conseguiré! –dijo mi madre.
Acto seguido se sentó en la cama, cogió el venablo de mi padre con la mano y empezó a jugar con ella. Mi padre le hacía lo mismo con sus pechos, pasó un cuarto de hora y no ocurría nada.
-¿Ves? ¡No se puede! –dijo mi padre.
Entre lágrimas, mi madre preguntó:
-¿Qué podríamos hacer?
-Nada –respondió él ¡Déjalo! ¡No se me empinará de nuevo!
Mientras mi madre seguía con su manipulación, por fin dijo:
-¡Se me cansó la mano! ¡Debo intentarlo de otra forma!
Se inclinó y empezó a mamarlo y morderlo. Su llanto sonaba amargadamente. Se le oía llorar con claridad.
-Es inútil, no se puede, -manifestó mientras seguía sin cesar en su llanto- ¡Oh, Dios mío! ¿Qué puede hacer una mujer con un hombre así? La metes una o dos veces y te corres, sin pensar jamás en que la mujer también desea su placer.
El guardaba silencio. Mi madre continuaba:
-¿Qué puede hacer yo? ¡Después de haber jugado y de haberlo mamado, la excitación me enloquecerá! ¿Qué dirías tú si yo me apartara cuando te fueras a correr? ¡Oh! Los hombres tienen más posibilidades de satisfacción, basta salir a la calle y conseguir una puta, pero ¿Y yo?, ¿qué pasaría si me buscara otro hombre?
-¡Oh, haz lo que te de la gana!
-¿Sí? ¡Me lo apunto! ¡No te creas que no puedo conseguir otro hombre, si me lo propongo!
Mi padre, entonces, se sentó en la cama, estiró a mi madre y le metió los dedos en la hendidura, mientras que con la otra mano, le trabajaba las tetas.
Rápidamente mi madre empezó un jadeo, su respiración se aceleró y aumentó en fuerza, mientras gritaba:
-¡Ahora, ahora! ¡Méteme todo el dedo! ¡Más! ¡Me estoy corriendo!...
-¡Oh!... ¡Ah!... ¡Fue delicioso!
-¡Por fin! –dijo mi padre-, deja que la pobre alma descanse.
Se durmieron, les oí roncar plácidamente. Sólo yo estaba despierta; mi excitación era total; deseaba un poco de “aquello” y no sabía por quien decidirme: Franz, Ferdl, Robert, el señor Eckhard, el soldado, el chico desarrapado, o el señor Horak. Como no podía disponer de ninguno de ellos, me masturbé y me quedé dormida.
Con los chicos del vecindario, pronto me familiaricé. Creo que algo tenían mis ojos o mis miradas que les animaba a pedirme “aquello”.
Ellos eran unos pícaros, y al igual que mi hermano, follaban con sus hermanas o amigas de ellas. Cuando me topaba en la calle o en las escaleras con alguno de ellos, invariablemente, me daban un azote en el culo, o me metían la mano entre las piernas. Si alguno me agradaba, le respondía tocándole el pene, en caso contrario, me alejaba.
Con las niñas no tenía mucha relación. Mi comportamiento en la escuela era correcto; si me decidía a hablar con alguna compañera, podía ocurrir que me explicara todo lo que sabía acerca del sexo; otras veces, si se trataba de “niñas buenas”, me miraban con disgusto, cuando iniciaba el tema, y después me rehuían.
A veces, si metía mano a algún niño, y él lo notaba, nos íbamos al sótano, que siempre estaba abierto, allí rápidamente nos dábamos el gusto, de pie y a toda prisa. Calculo que esa época lo hice al menos, con ocho niños diferentes. Me acuerdo especialmente de dos de ellos, uno de los cuales más tarde estuvo vinculado a mis aventuras con el señor Eckhard. En el capítulo siguiente contaré con más detalle lo referente a esos jóvenes.

.
8


El hijo de nuestro casero, que se llamaba Alois, fue uno de mis amigos. Era amable, de cabellos rubios, siempre vestido impecable con un traje de terciopelo pardo y pantalón corto. Pensaba que estaba enamorada de él, tenía unos doce años, y cada vez que me lo encontraba me ponía muy nerviosa y me excitaba. Parecía muy orgulloso, acostumbraba llevar la cabeza muy alta, como si creyera estar por encima de los demás.
En su presencia, me sentía torpe y avergonzada, pero no podía resistir al verlo. Cuando nos encontrábamos me lanzaba una breve mirada, y se alejaba con arrogancia. Iba acompañado permanentemente por una niñera de edad madura, corpulenta y con un hombro paralizado.
Mientras yo rondaba por la puerta del sótano, estaba muy excitada y buscaba algún chico, no me importaba quién fuera, quería follar, me lo encontré. Dada mi situación, le dije:
-¿Has estado alguna vez en el sótano?
-No, nunca –respondió.
-Pues bien, bajemos juntos.
Aceptó de buena gana. Mientras bajábamos, murmuró:
-¿Estás segura que no nos verá nadie?
Apareció así una complicidad entre nosotros, que antes no existía; yo, por mi parte, no ignoraba que lo había conquistado. No me atreví todavía a tocarlo, pero le dije:
-Vamos, allí no hay nadie.
Bajábamos en silencio por el oscuro pasillo, cuando de improviso se detuvo y empezó a acariciarme el culo. Me sentí tan feliz que no osaba respirar. Su iniciativa aumentó, y prosiguió sus caricias por los pechos; al ver que no oponía resistencia, sus manos recorrieron todo mi cuerpo; las fue bajando lentamente, hasta alcanzar el anhelante misterio de mi pasión.
Temblaba por el placer que me embargaba. Me oprimió con más vehemencia, me apoyé en el muro y le dije:
-¿Lo hacemos?
-¿Y qué pasará si alguien viene? –Se opuso él al principio.
Pero me levantó el vestido y noté su poderosa máquina, intentando asaltar mi ciudadela.
Estaba ya tan caliente, que alcancé las cimas de la pasión en el instante mismo en que sentí la cabeza de su rígido y vibrante instrumento penetrarme. Su cara seguía sin inmutarse, pero debió satisfacerme ya que me sentí húmeda.
El se mantenía inmóvil y en actitud reposada. Después me puso las manos en el trasero, me estrechó con fuerza, y percibí que penetraba en mí todo su poderoso instrumento. Era corto y gordo… pero lo sentí enorme.
Permaneció quieto unos momentos, después emprendió un movimiento giratorio, como si tratara de hacer más amplia la entrada que hasta entonces había permanecido estrecha. Lancé un gemido, una vez más me sentí transportada a los confines del placer.
-¡Ahora! ¡Hasta el fin! –exclamó Alois.
-¡Con placer! –contesté alegremente.
Empezó a meter y sacar su miembro con lentitud unas cinco o seis veces. Noté cómo arrojaba su simiente cálida con fuerza dentro de mí. No era muy abundante pero lo disfruté realmente. Percibí las convulsiones de su máquina en mi seno, y me lancé a alcanzar conjuntamente mi meta por tercera vez.
Cuando acabó, Alois se limpió con mi falda y se guardó su pene en el pantalón. Me dio una palmada en las nalgas y me dijo:
-Lo haces mucho mejor que Clementina.
Me quedé callada, ya que no sabía quién era Clementina, pero no me sorprendí, porque estaba segura que éste muchacho podía tener todas las mujeres que deseara.
Cuando se alejaba, me dijo:
-Mañana por la tarde, ven a mi casa. Mis padres van a salir, y estaremos solos.
Cuando, al día siguiente, toqué la campanilla de su casa, y me salió a abrir la cocinera, me llené de turbación. Pregunté si estaba Alois.
-Sí, el amito está en casa –dijo-, y me llevó a un bonito salón, lujosamente amueblado, que me pareció el Paraíso.
Después de enseñarme el salón, Alois me enseñó su cama, que era preciosa. Había también en su habitación un hermoso diván, tapizado con una suave tela de color azul. Al enseñarme la cama me dijo:
-Ahí duermo yo –y señalándome el diván: ahí duerme la niñera.
Nunca había conocido a un niño que viviera entre tanto lujo; me enseñó todos sus libros, grabados, soldados, sus pistolas, sus espadas y todos sus juguetes. No creía posible que nadie pudiera hacer en una habitación tan lujosa lo que otros niños hacíamos en el sótano.
Al rato, se presentó la niñera, que siempre lo acompañaba, y lo llevaba y traía de la escuela. Me di cuenta que no estaríamos solos como yo esperaba. Perdí, pues, la esperanza de repetir el delicioso acto del día anterior. Alois sonreía complacido.
La niñera se sentó en el diván, y sin prestarnos la menor atención, empezó a tejer, mientras nosotros jugábamos sobre la mesa. Alois se dirigió de pronto a la gorda niñera y se puso a jugar con sus enormes tetas. Me sorprendió tanto su impudicia que me quedé muda.
Ella lo apartó, diciendo.
-Pero Alos… y me miró.
-A ella no le importa –dijo- Pepita es muy lista y comprende todo.
Volvió a poner sus manos sobre los enormes senos, ella se opuso, y dijo:
-¿Pero no dirá nada?
No le repliqué; en vez de hacerlo, me levanté, fui al diván y empecé yo también a jugar con uno de sus pechos, oprimiéndolo y acariciándolo con delicadeza. Era suave y mullido, y el rostro de la vieja enrojeció. Alois había sacado su instrumento, que puso en manos de la niñera, quien se dedicó a acariciarlo, aunque no lo hacía como yo. Lo tomó con el pulgar y el dedo medio y jugueteó así con la cabeza, golpeándolo con el dedo índice, a la vez que tiraba hacia abajo el prepucio.
-¿Sabes qué es? –preguntó sonriendo.
-Oh, claro que sí –respondí.
-¿Cómo se llama?
-Una polla –dije en voz baja.
-¿Y qué se hace con un aparato como éste?
-¡Meterlo! –contesté con un murmullo.
Respiró más rápidamente y aceleró su juego con el instrumento.
-¿Y dónde se mete el aparato? –preguntó, chasqueando los labios.
-¡En el conejo! –contestó Alois en mi lugar, aflojó el corpiño a la niñera y jugó con los pechos fláccidos y desnudos.
Ella se volvió a él, comenzando a interrogarle. Supuse que era un juego al que se dedicaban con frecuencia.
-¿Qué hace el azadón en el surco?
-¡Arar! –respondió el niño, con el mismo tono de voz que lo hacía aparecer tan encantador ante mí.
-¿Cómo se llama también el acto?
-Coger, follar, atornillar, abrochar, joder, entibar, echar un polvo, jugar un tute, hacer un mete y saca, etc…
Mi asombro y contento no tenía límites al oír tantos nombres para algo tan delicioso.
-¿Qué más puede hacer el azadón? –preguntó ella.
-Meterse en el agujero del trasero, meterse en la boca, ponerse entre las tetas, entre las piernas, en los sobacos, etc…
-¿Y qué quiere hacer Alois ahora?
El la empujó hacia atrás. Ella cerró los ojos y lanzó un gemido, él le abrió la blusa del todo y le sacó los pechos. Le colgaban y vi cómo sus pezones sobresalían como dedos pequeños. Alois mamó con afán, uno después del otro.
La mujer movía los hombros al mismo ritmo que él mamaba cada pezón, exclamando:
-¡Oh, es maravilloso!
A continuación él la levantó el vestido dejando a la vista sus breves y desnudas piernas. Alisó el vestido, para que no hiciera bulto, y se colocó entre sus piernas para abrirle la negra y velluda vulva, que era enorme. Con gran maestría le metió hasta la empuñadura su corto y gordo sable.
Ella, con avidez, le tomó por sus nalgas apretándole todo lo que pudo. Por su parte él empujaba con todas sus fuerzas, y ella no lo soltaba para que no se saliera.
Alois realizaba su tarea con precisión cronométrica, con la misma gravedad con la que el día anterior me había jodido a mí en el sótano.
Permanecieron así durante unos momentos, y ella dijo:
-Y ahora hasta el fin, con placer –a la vez que le soltó las nalgas.
El sacó lentamente el pene. Ella saltó de placer. Despacio lo volvió a meter. El comportamiento de la mujer era tal que parecía tener un ataque que la partiera en dos. Otra vez aún él se retiró. Ella parecía a punto de asfixiarse. Alois lo metió de nuevo. El estremecimiento de ella fue terrible, le recorrió el cuerpo de arriba abajo.
Con gran calma, Alois repitió la operación cinco o seis veces, sin dejar de observarle el rostro. Cuando los rasgos de ella se relajaron y finalizó el espasmo que la invadía, cayó de espaldas agotada. Alois, con la cara enrojecida, penetró rápidamente varias veces y se dejó caer quedando su rostro entre las desnudas tetas.
Se mantuvieron en esta posición unos minutos. Mi excitación era tan grande que no tuve más remedio que meterme la mano en la hendidura.
Cuando ambos se levantaron, Alois se secó con una de las enaguas de ella. Nos sentamos en el diván los tres juntos, y la mujer, que se llamaba clementina, sonriéndome, me preguntó:
-Bueno, ¿te gustó?
Sonreí. Alois, que estaba sentado al otro lado de ella no dejaba de mirarme.
-¿Ya sabías de qué se trataba? –me preguntó Clementina.
No deseaba confesarlo, pero tampoco me atreví a negarlo. Respondí con una sonrisa, que en realidad significaba una afirmación.
-Ya lo veremos –indicó ella, y sin mediar más palabras me levantó la falda y procedió a un minucioso examen.
-¡Oh… oh! ¡Aquí han pasado muchas cosas! –exclamó mientras me palpaba.
Antes de que me diera cuenta de lo que pretendía, me ensartó con un dedo. Dirigiéndose a Alois, le dijo:
-Puedes metérsela perfectamente.
Se dio cuenta de mi temblor, y dijo:
-¿Quieres que te josa ahora?
-Si, ¡Oh, sí! –respondí sin dudarlo un momento. Temía que tuviera que regresar a casa sin conseguir lo que en realidad había venido a buscar.
- Está bien, ¿quieres follar con esta niña un ratito?-le preguntó a Alois.
El se puso de pie y ya se acercaba a mí, cuando ella lo detuvo y le dijo:
¡Espera! ¡Debo procurar que estés listo de nuevo!
Realmente era necesario, pues su verga colgaba inerte y flácida. Sin ninguna duda, su actividad era excesiva para un niño de su edad. Me hubiera encantado dedicarme a resolver ese pequeño inconveniente, pero así pude presenciar algo que para mí era nuevo. Con la lengua, la niñera humedeció el artefacto lánguido. Colocó la máquina entre sus senos, que mantenía apretados uno contra el otro. Parecía que la estaba metiendo en una caverna negra y profunda.
Al ver que aquella manipulación despertaba en ella de nuevo la excitación, temí que mis deseos se frustraran de nuevo.
La niñera no cesaba de hablar:
-¿Dónde está ahora mi Alois? Está con sus preciosas tetitas, ¿no es así? Sólo la buena de Clementina haría esto por su Alois. Ella tiene un hombrecito al que deja que la folle cuantas veces quiera ¿no es así?
Dirigiéndose a mí, continuó:
-Cuando todo está en calma, durante la noche, sale de su cama y viene conmigo al diván, aquí lo hacemos… ¡Lo hace tan bien! Fue su niñera quien le enseñó tan estupendamente, ¿verdad Alois?
Vi en esta vieja, marrana y egoísta, a alguien que lo quería todo para ella. Sin embargo, cuando él se separó, con su instrumento de nuevo rígido, preguntó:
-¿Puedo ya joderme a Pepita?
No sé cómo pude resistir la tentación de tomarlo, pero temía a la vieja niñera, que parecía pensar si permitiría que su Alois me jodiera. No me moví, sin casi atreverme a respirar.
Por fin accedió y se hizo a un lado en el diván, haciendo que mi cabeza reposara en su regazo. Sin tardanza, Alois me levantó las faldas, trepó sobre mí, con los dedos me abrió la raja, y de un solo empujón me ensartó con su venablo, penetración que fue más satisfactoria y profunda que la del día anterior. Clementina no dejaba de observar mi rostro, ni de parlotear sin cesar; yo deseaba acariciar a Alois pero él ya realizaba los movimientos de sacar y meter; me encontraba avergonzada y no me atreví a tomarme ninguna libertad.
-¿La tienes dentro? –inquirió ella.
-Totalmente –musité.
No conforme con la respuesta, Clementina deslizó su mano por entre nuestros vientres y nos palpó, primero a mí y después a Alois. Se irguió, preguntándome:
-¿Te gusta?
Cerré los ojos sin responder.
-Ya lo noto –insistió-, Alois folla de maravilla, ¿no te parece?
-Sí –respondí, al tiempo que inicié mis movimientos con las caderas.
-¿Alguna vez recibiste algo más agradable? –quiso saber la vieja.
-¡No! –repliqué, pues realmente nunca había experimentado un deleite como el que Alois me estaba proporcionando.
-¿Con quién fornicabas las otras veces? –preguntó.
-Con Ferdl –contesté, pensando que hacía tiempo ya no vivía en casa.
-¿Con quién más? –quiso saber, con voz firme y autoritaria.
-Con Robert, tuve que responder.
-Sigue, ¿con quién más?
-Con mi hermano Franz.
Estaba al borde de la locura, tanto era el placer y la excitación que me embargaba, los nombres me brotaban, y tal era mi frenesí que no reparé en las posibles consecuencias de mis informaciones. Afortunadamente, dejó de hacerme preguntas, pero me pareció que se le había ocurrido otra idea.
Me desabrochó la blusa y la bajó, dejando al descubierto mis diminutos pechos. Con los dedos humedecidos con su saliva, empezó a jugar con mis pezones que aparecían totalmente planos. Se fueron endureciendo a medida que los acariciaba, como si fuera una lengua ardiente la que los recorría. Alois, mientras tanto, realizaba su movimiento giratorio como si quisiera agrandar mi agujero; el resultado de ambas cosas fue un cosquilleo tan intenso que a poco me vuelvo loca. Jadeé, gemí sordamente y murmuré:
-¡Estoy a punto… estoy a punto!
Alois, a cada movimiento, aumentaba la rapidez. Una sensación de calor me invadió a todo lo largo de mi cuerpo; me estremecí. Sentía que no podría resistirlo por más tiempo.
-¡Y ahora… el final con placer! –susurró Alois.
Conforme iba sacando su miembro, yo junté fuertemente mis piernas, temiendo perderme la gran sensación que me produciría el final; él volvió a metérmelo. Ella seguía con mis pechos. Me puse tensa de la cabeza a los pies. Me embargó una sensación tan maravillosa, que alcancé mi meta tres veces seguidas.
Inicié una exclamación y Clementina me tapó la boca con la mano. Cuando Alois eyaculó sentí un cálido torrente derramarse dentro de mí. Me corrí de nuevo. Fueron cuatro veces; jamás hasta entonces lo había conseguido.
Hubiera gritado, si la mano de Clementina no me hubiera mantenido la boca tapada con fuerza. Empecé a lamerle la mano, presa de mi excitación.
Tuve que permanecer estirada en el diván más de una hora. Estaba tan fatigada y exhausta por lo que acababa de pasar que era incapaz de moverme. ¡Me habían jodido a más no poder!
La niñera estaba lejos de sentirse satisfecha. Tenía a Alois de pie delante del diván y ella tomaba asiento frente a él. Intentó de nuevo poner su pene entre sus pechos, pero no consiguió sacarle del estado blando y flácido en que se encontraba. Se lo metió en la boca al tiempo que le acariciaba las bolas. Le puso el rostro entre las piernas, y se dedicó a hacerle cosquillas en el orificio posterior.
De nuevo el miembro de Alois cobró vida. Yo estaba asombrada; se había puesto de nuevo duro y rígido, listo para el combate. Alois cogió a su niñera por las orejas, le metió la lanza en la boca hasta donde pudo, empezó a menearse hacia adelante y hacia atrás con gran lentitud. Ella lo chupaba con fuerza. Quiso sacárselo, pero él le ordenó con un severo ademán que lo mantuviera.
Le obedecía ciegamente, cosa que me causó sorpresa. Alois siguió así durante un buen rato. Yo miraba tranquilamente, pues la excitación y el deseo habían huido de mí. Estaba totalmente agotada.
Ella suplicó:
-Vamos, hijito, fóllame.
-¡Maldita sea! ¡Quédate así! –contestó él.
Accedió a que se lo volviera a meter en la boca y él continuó moviéndose como antes. Evidentemente Alois quería terminar de aquella manera. Lo confirmó al exclamar:
-¡Y ahora el fin, con placer!
Lo fue sacando lentamente de la boca roja de la mujer, hasta casi llegar a la punta y con la misma calma se lo volvió a meter entero. En este punto, ella enloquecida exclamó:
-¡No! ¡No! ¡Debes follar conmigo! –Y tomándolo como si fuese un niño pequeño, lo arrojó de espaldas sobre el diván, se colocó a horcajadas sobre el joven, y se introdujo la espada en la vaina. Empezó a dar saltos como una loca, hasta que consiguió loo que quería; por último, exhausta, se dejó caer de espaldas cubriendo a Alois con su cuerpo.
Una vez que la orgía hubo terminado, Clementina nos sirvió un chocolate, como nunca yo había probado. La mujer, cuando señalé que quería marcharme, me acompañó hasta el vestíbulo. Este estaba en total oscuridad, momento que ella aprovechó para meterme la mano bajo el vestido y oprimirme en la raja, a la vez que me besaba. Después, me dio una moneda de plata y volvió a remarcarme la necesidad de que no dijera nada de lo sucedido, indicándome que podría volver cuando quisiera. Abrí la puerta y abandoné la casa.