Josephine Mutzenbacher

mayo 14, 2006

Capítulos 12, 13 y 14

12
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Incluso mi rendimiento en la escuela aumentó tras la muerte de mi madre, y me dediqué a estudiar con gran empeño. Pasaron dos meses en que mi vida fue del todo irreprochable, durante los cuales no vi ni toqué ningún instrumento amatorio. Cuando me encontraba caliente, vencía con gran esfuerzo la tentación de masturbarme con los dedos.
Se nos dijo en la escuela que todos los alumnos debíamos confesarnos. Para poder alcanzar el perdón definitivo, había decidido contarle al cura todos mis pecados, incluso la falta que consideraba más grave, que era el haber ocultado en mis anteriores confesiones, todo lo que hasta entonces había hecho.
Cuando me confesaba con el sacerdote, al terminar mi relato, él me preguntaba:
-¿Has tenido contactos sexuales con muchachos u hombres?
Siempre contestaba negativamente. Sentía temor ante aquel hombre, alto, pálido, con una firme expresión de nobleza. Aquella vez prometí confesarlo todo. El día que nos tocó ir a la Iglesia, estaba llena de niños. Fui al confesionario del sacerdote auxiliar, un hombre entrado en años, corpulento, con la cara llena y redonda, al que sólo conocía de vista. Parecía ser muy generoso y siempre miraba amistosamente. Primero me limité a contarle mis pecadillos menores, pero él preguntó:
-¿Has tenido relaciones sexuales?
-Sí –respondí.
-¿Con quién? –preguntó acercando su cara a la rejilla.
-Con mi hermano Franz.
-¿Tu hermano? Entonces, ¿también lo has hecho con otros?
-Sí.
-Está bien. Dime con quién.
-Con el señor Horak.
-¿Quién es?
-El vendedor de cerveza del barrio.
Me vi obligada a citarle todos los nombres. Permaneció callado hasta que terminé. Después de una pausa, me preguntó:
-¿Cómo hacías eso?
No sabía que responderle; ante mis dudas, insistió:
-Dime cómo lo hacías. ¡Explícate!
-Bueno, yo… con lo que tengo entre las piernas –dije balbuceando.
-¿Quieres decir que te follaban? –dijo moviendo la cabeza.
-Sí –dije con gran sorpresa.
-¿También te la metían en la boca?
-Sí… sí, claro, titubeé.
-¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! –suspiró él con fuerza- ¡Hija mía!, has cometido pecados muy graves, ¡muy graves!
Le escuchaba con el pavor en mi cuerpo y él insistió:
-¡Muy graves! Debo enterarme de todo, ¿me entiendes?
-Está bien, pero tardaríamos mucho, y hay más niños aguardando.
-Te daré audiencia por separado, ¿comprendes?
-Sí, padre –murmuré.
-Ven a mi casa esta misma tarde, a las dos. Mientras llega la hora, piensa y recuerda todo; si no lo confiesas completamente, la comunión no te salvará.
Estaba apesadumbrada. Me fui poco a poco hasta mi casa. Me senté al llegar, y traté de recordar todo lo que había hecho. Tenía miedo de tener que confesarme en su casa, temía de antemano a la penitencia que impondría por mis pecados. Cuando fue la hora, me arreglé y me dispuse a salir. Mi hermano Lorenz, al verme, me preguntó a dónde iba tan arreglada. Con orgullo le contesté:
-A visitar al padre Mayer. Esta mañana, me ordenó que fuera a su casa.
Lorenz me miró con aire extraño, y salí a la calle.
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* * * *
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Al entrar en la casa donde vivía el sacerdote experimenté una frescura y beatitud que me impresionaron; en la calle hacía calor, ya que estábamos en verano. Siguiendo los letreros de las puertas, llegué a la que indicaba “padre Mayer”, a la que llamé.
Estaba en mangas de camisa, con la sotana desabrochada se veía más grande su prominente barriga. Fuera del confesionario, su gordo y enrojecido rostro sacerdotal me infundía un temor mayor. Al pensar que sabía parte de lo que había hecho, me avergoncé hasta sonrojarme.
-Alabado sea Dios –le dije.
-Por los siglos de los siglos –respondió-. Ya estás aquí.
Después de que hubo cerrado la puerta, le besé la mano regordeta. A través de un oscuro vestíbulo, por un pasillo, me llevó a su estudio; desde la ventana se veía el cementerio. En el exterior, las hojas verdes tapaban el paisaje.
La habitación era amplia y pintada de blanco. En una pared, había un crucifijo. Adosada a otra pared, la cama, que era de hierro y cubierta con una colcha tejida. En el centro de la habitación estaba un voluminoso escritorio y un monumental sillón de brazos.
El sacerdote se cubrió con una bata de baño, y abrochándosela me dijo:
-¡Acércate!
Nos pusimos de rodillas frente al crucifijo y rezamos un Padrenuestro. Tomándome de la mano se dirigió al sillón, se sentó, se reclinó sobre el escritorio y me dijo:
-Te escucho.
Mi confusión era tan grande que no pude articular palabra.
-Vamos, cuéntame tu historia.
Mantuve mi silencio y permanecí con la mirada baja.
-Óyeme, niñita –exclamó a la vez que me alzó la cara para obligarme a mirarle-. Sabes que has pecado. Tú sabes que las relaciones sexuales son un horrible pecado… ¡pero tenerlas con un hermano es un crimen horrendo!
Me estremecí violentamente.
El prosiguió:
Puede que hasta hayas sido maldecida. ¿Quién puede saberlo?, tu castigo se prolongaría eternamente. Si yo tengo que salvar tu alma debo saberlo todo, es necesario que te confieses… Así obtendrás el perdón.
Me eché a llorar desconsolada.
-No llores –me ordenó.
Sin atreverme a decir nada, me enjugué las lágrimas.
-Sí, sí –continuó-, las tentaciones son grandes y tú no tenías por qué saber que estabas pecando. No comprendías que se trataba del más grave pecado. Eres todavía una niña y no podías saberlo, ¿o sí?
-No, no sabía nada –dije, reconfortada por sus palabras.
-Así está mejor. No lo hiciste por propia voluntad, sino que fueron otros los que te mostraron el camino.
Recordé la primera vez que había oído a mis padres, y repliqué con vehemencia:
-Sí, padre, fui inducida.
-Ya lo pensaba –señaló, al tiempo que suavemente ponía su mano sobre mi pecho-. Eso invita al tentador.
No pensé que obrara con malicia, pero me di cuenta del calor de su mano.
-Darle a una niña pechos de mujer, es una obra de Satán –siguió diciendo, mientras puso la otra mano en el otro pecho, con lo que acabó con los pechos en sus manos.
-Los pechos deben ocultarse a los ojos de los hombres para que no les exciten. Son los instrumentos de la pasión. Dios se los dio a las mujeres para amamantar a sus crías, pero Satán los convierte en “juguetes” para despertar los deseos de los hombres. Deben mantenerse ocultos.
Escuchaba con verdadera inocencia lo que me decía. El hecho de acariciarme los pechos no me inspiraba ninguna idea.
-Ahora, dime qué ocurrió cuando te follaron aquellos hombres –me preguntó. Yo no podía articular palabra.
-¿Te gustó? –insistió con suavidad. Estuvo callado unos instantes y prosiguió:
-Seré yo quien hable. Veo que tu corazoncito es puro y te averguenzas de tus delitos, por ello no quieres hablar de esas cosas. Pero si no puedes hablarme de esas cosas, ¿querrías mostrarme con hechos la forma en que pecabas? ¿Lo harías…?
-Lo haré, padre –prometí agradecida, y tomándole la mano, se la besé con ardor.
-Necesito saber la categoría y el alcance de los pecados que has cometido; empieza. ¿Llegaste a meterte el miembro en la boca?
Afirmé con un movimiento de cabeza.
-¿Con frecuencia? ¿Jugaste con él en tus manos?
Asentí de nuevo.
-¿Cómo lo hacías?
No supe qué contestar, me quedé inmóvil sin saber qué hacer.
-¡Enséñame cómo! –susurró-. ¿Cómo lo hacías?
Estaba tan aturdida, que no sabía lo que debía hacer y decir.
-Cógeme el miembro y demuéstramelo… no te preocupes, los sacerdotes somos puros y no podemos pecar –me dijo, con una sonrisa-. Nada que hagamos puede ser pecaminoso.
El espanto me mantenía paralizada. Me tomó la mano susurrando:
-Coge mi aparato y enséñame todos tus pecados. Te presto mi cuerpo para que puedas explicármelo bien y puedas purificar tu alma.
Me puso la mano encima de sus pantalones. Tuve que meter la mano hasta el fondo de su bajo vientre. Temblando le desabroché la bragueta y encontré su breve y rígido miembro en el fondo de sus pantalones.
-¿Cómo jugabas con él? –preguntó.
Estaba perpleja, pero obedecí. Con los dedos de la mano, suavemente lo rodeé y se lo froté varias veces arriba y abajo. Su rostro estaba serio.
-¿Eso fue todo? –preguntó- ¡No me ocultes nada, te lo advierto!
Guardé silencio. Seguí frotándoselo, hasta que volvió a preguntar:
-¿Qué más hacías con él?
Recordando a Clementina, lo tomé con dos dedos y le toqué la punta con otro. Hice bajar lentamente el prepucio. Se reclinó en el asiento y prosiguió:
-¿Qué otras obras de arte ejecutabas?
No sabía si continuar, tenía miedo, por lo que apartando su máquina murmuré:
-La mamaba.
-¿Cómo lo hacías? –preguntó, resollando con fuerza.
-No puedo explicárselo –le dije perpleja.
-Pues entonces, muéstramelo. ¿Estás preparada? –preguntó, a la vez que me bajaba la cabeza hasta su aparato- ¿Serás tan ingrata que no me pagarás mi clemencia? La mitad de tus pecados te serán perdonados, si haces conmigo lo mismo que hiciste con los otros.
Estas palabras, me hicieron feliz. Pensé que era una suerte si conseguía que mis pecados me fueran perdonados. Me arrodillé ante él y me metí su miembro en la boca.
-¿Sólo te metías la punta? –preguntó.
Me lo metí del todo, hasta la garganta.
-¿Y ya está? –sentí su voz sobre mi cabeza.
Empecé a mamársela y a hacerle cosquillas con la lengua. No sabría decir si mi eficacia era debida al interés del perdón de mis pecados o a que la excitación se apoderaba de mí. Pronto oí gemir al sacerdote:
-¡Oh! ¡Oh!... ¡Qué niña! ¡Qué pecadora, oh! ¡Oh!
La piedad que me inspiró, me hizo detenerme, no quería prolongar más su situación. Me saqué su pene de la boca y con cuidado le fui secando con mi pañuelo. Después me puse de pie.
Estaba rojo, me tendió amistosamente su brazo, y continuó:
-¿Qué más hacías con todos los miembros que tuviste a tu alcance?
-Tuve relaciones sexuales.
-¡Eso ya lo sé! –contestó, respirando entrecortado.
-Me has enseñado tres sistemas, y así has purificado tu cuerpo. ¡Pero niña, debes haber hecho otras cosas! ¡No pretendas negármelo!
-No, padre.
-¡Entonces! ¿Qué más hiciste?
-Me dejé joder, reverendo padre.
-¿Cómo?
-Sólo eso –contesté-, me jodieron.
-No sé nada sobre ese tema –dijo irritado-. Debes enseñarme cómo lo hacías.
-Sí, lo haré –estaba ansiosa por enseñárselo, a la vez era feliz por tener la seguridad que no era pecado hacerlo con un sacerdote, ya que era el medio para lograr el perdón de mis pecados. Otra razón de mi felicidad estribaba en que hacía mucho tiempo que no follaba y estaba muy excitada después de la mamada que le había hecho. Me enloquecía la idea de que me jodiera. Entonces, él se puso de pie y me llevó a la cama diciéndome:
-¿Cómo lo hacías?
-Ya debe saberlo, reverendo padre –le contesté.
-¡Yo no sé nada! ¡Tienes que enseñármelo todo! –contestó- ¿Te pones debajo del hombre o encima de él?
-Eso depende, unas veces encima y otras debajo.
Me estiré encima de la cama de forma que mis piernas colgaran por el lateral de la misma.
-¿Es así como te acuestas?
-Sí, sí, reverendo –contesté.
-Si tienes puesto el vestido, ¿cómo era posible que el tentador llegara a tus partes íntimas? ¿Te alzaba, acaso, el vestido?
-Sí.
-¿Así? –y dicho esto, me levantó las faldas consiguiendo que mis piernas y mi montecillo cubierto de rubios pelillos quedara descubierto.
Abrí las piernas, jadeando con expectación.
Se colocó entre mis piernas, pese a que se mantuvo de pie; su voluminosa barriga se apoyaba en la mía.
-¿Te la metía así para satisfacer tus pasiones?
-Sí.
En la misma posición me metió en la vaina su lanza. Necesitó de mi ayuda para hacerlo lentamente. No podía verle la cara, pero le escuchaba toser y gemir. Se la agarré con fuerza. Estaba tan excitada que sólo pensaba en que me jodiera, y más en aquella ocasión, pues sabía que no pecaba.
Fue entonces cuando fui consciente de que el sacerdote se estaba burlando de mí y fingía para conseguir un coito sin otro propósito. A pesar de ello, en el fondo de mi alma, tenía la certeza de su capacidad para perdonarme los pecados. Al ver que se estaba quieto, sin meterla ni sacarla, empecé a mover mis caderas de arriba abajo; esto hizo reproducir sus gemidos y toses.
-Reverendo padre –murmuré.
-¿Qué te pasa ahora? –preguntó.
-No fue así.
-¿Cómo entonces?
-Ellos se movían entrando y saliendo de mí.
Empezó sus movimientos, entrando y saliendo.
-¿Acaso fue así?
-¡Oh, sí! –grité- ¡así era! Pero se movían aún con más fuerza y más rápido.
-¡Niñita! ¡Querida! –dijo- ¡dímelo todo…! ¡Házmelo todo…!
-¡Oh, oh!... ¡así está bien! ¡Oh… es tan delicioso… oh! ¡No se corra reverendo!... ¡Me estoy corriendo… No puedo contenerme! ¡Es tan rico…! ¡Me gusta tanto lo que me está haciendo!
Se estiró encima de mí, todo lo que me permitía su abultada barriga; su cara de luna llena se había vuelto azul y sus ojos miraban como un carnero a medio morir de tan tiernos que estaban. Me jodía con la fuerza de un cabrón, y susurró:
-Ay, deja que te la meta entera… así… así… no temas, no te voy a hacer daño… niñita querida… tú quieres que te lance un chorro… ¡Lo haré…! ¡Te salvaré! ¡Me correré dentro de ti!
-Reverendo padre, le dije, también pecaban mis pechos.
-¿Cómo es posible? –preguntó mirándome.
-¡Oh…Ah! ¡Me estoy corriendo de nuevo!...!ay! Mientras me jodían hacía que jugaran con ellos, que me los mamaran, los mordieran y me los acariciaran.
Quería que él me hiciera lo mismo, pero su voluminosa barriga era tan grande que le impedía llegar a mis tetas.
-Eso vendrá después… Ya atenderé a tus tetillas –titubeó, sin dejar de moverse- Ahora sólo deja que me corra… sigue moviéndote… ¡Oh, querida…! ¡Oh! ¡Cómo sabes!... Déjame acabar dentro… más tarde me ocuparé de tus pechos. Me estoy corriendo… ¡Oh…qué placer!... ¡Es delicioso…!
Con este tartamudeo, empezó a lanzar su chorro. Su carga empapó todo.
Al acabar, me dijo:
-He sido iniciado, tuve que imitar las palabras vulgares de los que te sedujeron; de esta forma, los espíritus malignos han perdido su poder sobre ti.
Sentada en el borde de la cama, con su pañuelo, sequé la inundación que había provocado entre mis piernas. Estaba segura de que me mentía, pero no me di por enterada. Ser follada era ser follada.
El padre Mayer no dejaba de pertenecer a la misma categoría que el señor Horak, o el señor Eckhard, si bien era más interesante por ser más refinado. Suponía que me había otorgado una cierta preferencia por haberme jodido, lo que hacía que lo mirara con respeto. En el fondo, aún pensaba en la posibilidad del perdón de mis pecados.
Se sentó en el sillón y me llamó:
-Ven, según tus deseos, me ocuparé en atender a tus pechos.
Me desabrochó el vestido y sacó mis diminutos senos, que aparecían erguidos y redondos, como bolas de billar. Los pezones parecían diminutas fresas. Los tomó con la boca, como si fueran frutas frescas, primero el uno y después el otro. Los trabajó hasta que se pusieron del color de la sangre.
Después de un buen rato, en que no dejó de jadear y gemir, mientras me los chupaba anhelante, me dijo:
-¿Se hace así?
-Sí –contesté- así está muy bien.
-Y mientras te magreaban y chupaban las tetas, ¿eras siempre tan pasiva y holgazana? –mientras hablaba, las hacía subir y bajar- ¿No hacías tú nada…? ¿No jugabas con la verga de tu compañero?
Al darme cuenta de lo que quería, le cogí la polla y empecé a meneársela, pero estaba fláccida y perezosa para empinarse.
-Siéntate sobre la mesa –pidió.
Cuando lo hice, colocó mis pies sobre sus rodillas.
-Ahora, -dijo- ¡tendremos lo mejor de todo!
Como no sabía a qué se refería, le contesté con una sonrisa.
-Sí –insistió-, ahora te lavaré todos los pecados que hayas cometido.
Uniendo la acción a la palabra, me levantó el vestido y dejó al descubierto mi pozo. Se echó mis piernas sobre los hombros y deslizó su cara entre ellas. Para no caer de espaldas, me tuve que apoyar con los codos en la mesa.
Me puso la boca en el agujero y empezó a trabajar con la lengua, me lamía y lamía, sentí su cálido aliento. No sabía de qué se trataba el juego, pero esperaba que fuera agradable.
A medida que sus labios me oprimían el coño, la sensación me recorría todo el cuerpo. Me recorría con la lengua toda la zona. Jamás antes había experimentado tal placer y éxtasis. Hasta aquel día era yo la que se la chupaba a los hombres, pero aquel buen cura era el primero en utilizar conmigo la lengua. Apreté los labios, parecía que estaba recibiendo una extraña polla. El perverso cura levantó la cabeza para saber si estaba complacida por el trabajito.
Temblando de placer y llena de curiosidad contesté que desde luego. Cuando me metió la punta de la lengua, el placer fue tal, que sentí dolor.
-¿Nadie te había obsequiado así antes? –inquirió.
-No –respondí; y alcé mi trasero para poder ofrecerle mi conejo como si fuera un frutero.
-Así te limpiaré… te libraré de todos tus pecados –dijo; yo le cogí la cabeza obligándole a bajarla para que hiciera un mejor uso de la lengua que hablando.
Al principio, se dedicó a jugar con la lengua, pasándola alrededor de mi varilla. Me pareció que una corriente eléctrica me cruzaba y recorría todo el cuerpo. ¡Las más profundas regiones de mis entrañas parecieron recibir una gran descarga eléctrica cuando me tocó esa sensible protuberancia, a la entrada de la cueva!
Perdí el aliento, el cuarto empezó a darme vueltas. Cerré los ojos.
Entonces, me metió toda la lengua dentro de la cueva. Salté, bailando sobre la mesa. ¡Madre mía! ¿Cómo comparar una simple follada con aquello?
Mientras saltaba arriba y abajo, frotaba mis vellos por su cara. Parecía que su lengua se proyectaba dentro de mí.
Me corrí. Sentí como si mis entrañas fueran absorbidas. Resultó mucho mejor que todo lo que había experimentado en cualquiera de mis múltiples folladas. Sin embargo, sólo notaba que un palo enorme y resbaladizo penetraba con limpieza hasta mi vientre.
- ¡Me estoy corriendo de nuevo… siempre me estoy corriendo…! –exclamé-. Oh, esto es celestial… nunca el sexo me pareció más bueno… Jódame, reverendo padre… por favor… Voy a llorar y gritar.
Se sentó, la cara era azul y en su boca había espuma viscosa.
-Ven –barbotó-, siéntate sobre mí y tendrás de nuevo mi verga.
Se echó hacia atrás. Me apoyé en los brazos del sillón. Su barriga, a duras penas me permitía llegar a la cabeza de su instrumento. Me cogió los pechos para que no me cayera. En esta posición nos corrimos otra ronda de la que ambos disfrutamos debidamente.
Me hizo bajar y me tendió una toalla.
Arreglé mi vestido y me enjugué esperando que pasara otra cosa, pero no pasó nada.
Me indicó que me retirara diciendo:
-Búscame mañana en la iglesia para la confesión; hasta entonces, rezaré por ti.
Le besé la mano y di media vuelta.
Iba a abrir la puerta cuando llamaron. El abrió y vi a una de mis compañeras de escuela. El no la dejó hablar y bruscamente le dijo:
-Hoy no tengo tiempo para ti. Vuelve mañana.
Nos dejó salir y cerró la puerta a nuestras espaldas. Mi compañera y yo nos dirigimos a nuestras casas. Por el camino no dejamos de hablar; ella era la hija del posadero, y en realidad tenía ese aspecto.
Apenas tenía trece años, pero era corpulenta, andaba con los pies abiertos y tenía un buen trasero, amplio y gordo. Sus pechos eran tan grandes que no le permitían verse el ombligo.

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13
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Mi compañera, que se llamaba Melani, y yo, mientras bajamos las escaleras me dijo:
-¿Qué has hecho con el reverendo?
-¿Qué querías de él? –contesté, preguntándole.
-Yo puedo suponer lo que hicisteis –agregó.
-¿Qué es lo que supones?
-Sólo que confesaste tus pecados con los machos.
Aquellas palabras me hicieron reír.
-¿Has estado a menudo con él? –preguntó.
-Hoy ha sido el primer día –contesté- ¿Y tú?
-¿Yo? –sonrió- Por lo menos he venido unas veinte veces… y no soy la única, también han estado con él la niña Ferndinger, así como la Grosbauer, la Huster y la Scrudle.
Eran compañeras de clase, y mi sorpresa fue considerable.
Melani continuó:
-¿Te metió la lengua?
-¿Te lo hizo a ti? –pregunté desconfiada.
-Naturalmente –respondió-, lo hace siempre. A todas las chicas que vienen les hace lo mismo; es para limpiarlas de verdad. Es un buen sistema, ¿no te parece? ¿Lo habías hecho con alguien antes así?
-No –contesté- hoy ha sido la primera vez.
Melani, presumiendo, dijo:
-El camarero de la posada me lo hace siempre que quiero. No tengo sino que ir a su cuarto.
-Pero, ¿y los demás camareros?
-No hay problema, ellos no entran cuando estamos nosotros dentro… ya lo saben.
-¿Qué? –no entendía nada-, ¿ya lo saben?
-¡Pues claro! –me contestó-. Los demás también me joden cuando lo deseo. Tenemos un cajero, un portero, un cantinero y un cochero. Todos duermen en la misma habitación. Hace dos años, fui con el cochero a Simmering. Al regresar, ya era oscuro, sentí sus manos en mis pechos que eran entonces como los tuyos ahora.
-“John, ¿qué haces?” –le pregunté.
No contestó, pero paró el carro, me metió la mano bajo el vestido y se apoderó de mis dos tetas…
-“¿Pero, qué pretendes John?” –le dije de nuevo.
En esta ocasión tampoco me contestó, pero me levantó la ropa y me tocó el conejo.
-“¿Qué quieres, John?” -le pregunté con toda mi inocencia.
Claro que yo sabía lo que quería, pues la niña Ferndinger me había explicado algo de lo que los hombres hacen a las mujeres. Pero para mí era la primera vez.
-“Pero, ¿qué deseas, John?” –pregunté insistiendo.
Se bajó del coche y me dijo:
-“Venga, señorita Melani”
Con galantería, me ayudó a bajar del coche y me acostó sobre un montón de trigo que había al lado del camino.
Estaba muy contenta, pensaba: ahora sí que me voy a enterar bien de lo que pasa, veré si la niña Ferndingen me ha dicho la verdad.
Nada más acostarnos, John se colocó entre mis piernas, me tomó los pechos, y trató de metérmela. Me hizo mucho daño, tanto que lancé un grito. El me tapó la boca con la mano, poco después al metérmela y sacármela, empezó a gustarme, a pesar del dolor que sentía. Se corrió enseguida, trepamos al coche, y seguimos el viaje. Me explicó:
-“Señorita Melania, cuando llegue a casa, deberá lavarse cuidadosamente, es preciso que nadie se de cuenta de la sangre”
-¿Por qué he sangrado? –pregunté.
-“Porque, hasta hoy era virgen, pero ya está rota” –respondió.
Al cabo de un rato, añadió:
-“No dirá nada, ¿verdad señorita Melani?”
Me arrimé a él en señal de asentimiento. Entonces se sacó del pantalón su aparato y me lo puso en la mano; fui jugando con él hasta que nos aproximamos a la casa. Antes de llegar exclamó:
-“Pedro es un maldito mentiroso”
-¿Por qué? –pregunté.
-“El me había contado que ya la había follado.”
Mi indignación no tenía límites, le juré que Pedro no me había puesto la mano encima. (Pedro es nuestro cantinero). Unos días después me encontré con John en el establo, me tendió en el pesebre, y allí me jodió. Su verga todavía no me entraba tanto como ahora.
-¿Puede metértela toda? –pregunté con envidia.
-¡Por supuesto! –dijo riendo-. Hasta nuestro cajero, que se llama Leopoldo, y tiene una polla como la de un caballo de tiro, hace mucho que me la metió entera. Nuestro maestro me hizo lo mismo.
Estaba orgullosa de todas sus andanzas.
-¡No me lo creo! –le contesté.
-Bueno, si no me crees, olvídalo –me contestó airada.
Al cabo de un rato añadió:
-Si desconfías, ven conmigo. Iré al cuarto del camarero, estoy caliente y el cura no me folló hoy. Si está Leopoldo, verás cómo me jode y te convencerás. Tampoco la niña Ferndinger se lo creía y tuve que demostrárselo.
-¡Vale! –contesté-. Iré contigo.
Me moría de curiosidad por ver follar a aquella robusta niña. Confiaba en poder tocarle los grandes pechos que tenía, también esperaba experimentar una polla nueva. Me moría de ganas por volver a joder.
-Pocos días después –siguió Melani su relato-, fui a buscar a John al cuarto del camarero, pero allí me encontré con Pedro solo. Me acordé de la mentira que le había explicado a John. Enfadada le dije:
-“Maldito embustero. ¿Por qué me utilizas para ufanarte delante de John?”
-“¿Por qué? –respondió riéndose.
-“Le dijiste que me habías jodido.”
-Demasiado tarde me di cuenta que yo le había informado de lo ocurrido, así él se enteró que el cochero me había jodido. Me miró sonriendo y dijo:
-“El es el mentiroso. No dije que la había jodido, sino que me gustaría hacerlo. Le aseguro que eso fue todo lo que le dije. Usted es amable y no se enfadará con ningún hombre que le exprese sus deseos.”
Mientras hablaba, se acercó a mí y empezó a meterme mano en las tetas. Desapareció mi enfado y empecé a desear una buena follada allí mismo.
-“Venga señorita.” “Follemos.”
-Le pedí que cerrara la puerta, después me estiró en la cama y me jodió lentamente.
-¿También te has follado al portero? –le pregunté.
-¿A Maxi? –rió ella-. ¡Claro que sí! Un día nos oyó a Pedro y a mí. Al día siguiente me siguió hasta el baño. Me dijo que lo sabía todo y allí mismo follamos. Tuvimos que hacerlo de pie, cosa bastante fácil.
-¿Y cómo fue con Leopoldo? –le pregunté.
-¡Oh!, ¿con él? –cloqueó y me entrelazó con su brazo-. Pues pasó que un día Maxi me habló de la enorme lanza que tenía y despertó en mí una gran curiosidad. Sabía que Leopoldo dormía siempre hasta el mediodía. Me las arreglé para quitar el cerrojo de la habitación y me colé en ella diciendo:
-“¿Quién puede estar en la cama hasta tan tarde? ¡Levántate, gandul!”
-“Déjame en paz” –protestó.
-“!No quiero!” –le dije empezando a hacerle cosquillas.
Ante mi actitud, alargó las manos y se apoderó de mis pechos.
Me quedé quieta mirándole.
Me tiró sobre la cama y empezó a meterme mano en la raja, me puso su verga en la mano, con lo que noté su enorme largura. Me la metió sin esperar y empezó a joderme. Al cabo de un rato, se paró y me dijo:
-“Tengo miedo de hacerle daño.”
Bajó su cabeza y con la lengua me trabajó la varita. ¡Mi excitación fue tal que casi me vuelvo loca!
Se puso en pie, me apretó los pechos y me metió el pene entre ellos. Así se corrió y me lanzó el chorro a la cara.
-¿Cómo? –pregunté-. Tu cajero no siempre se habrá corrido entre tus pechos, ¿o sí?
-No, sólo ese día. Pasó hace dos años, cuando yo tenía once. Ahora me jode de la forma acostumbrada.
Ya te he dicho que podrás verlo con tus propios ojos.
Al llegar a su casa fuimos a la cantina y preguntó:
-¿Está en casa mi padre, Leopoldo?
-No, se ha ido al café.
-¿Y mamá?
-Está dormida.
-¿Y john?
-Tuvo que ir a Simmering.
-Entonces, vámonos arriba.
-¡Iré en seguida! –contestó enrojeciendo.
Era pequeño y tenía la cara arrugada, estaba perfectamente afeitado, y su nariz era aguileña. A mí me pareció enormemente vulgar, pero ardía en deseos de ver su verga. Fuimos al cuarto del camarero, donde cuatro camas metálicas. Leopoldo, no tardó en llegar; al verme, titubeó. Melani le dijo, arrojándose sobre una cama:
-Ven, jódeme.
-¿Le gustaría a esta damita que también la jodiera un poquito? –dijo, refiriéndose a mí.
Se arrodilló en el suelo, alzó el vestido de mi amiga y sepultó su cara entre las piernas de la chica. Me senté a su lado y vi cómo ponía los ojos en blanco.
-¡Yo también haré algo por ti! –dije.
Desabroché su vestido y empecé a jugar con sus pechos. Eran tan grandes como los de Clementina, pero más duros, su dureza era tal que destacaban como dos calabazas; sus pezones eran de color de rosa. Empecé con las manos y acabé con la boca, besándoselos y mamándoselos. Ella gritaba saltando como una loca al sentir las caricias de Leopoldo.
-¡Sigue chupando!... ¡Oh, Dios mío!... ¡No puedo resistirlo!... ¡Oh, qué maravilla!... ¡Qué rico es!... ¡Quiero chupártelo a ti, Pepita!... ¡Quiero hacerte lo mismo que me hace Leopoldo a mí, ¡Oh, oh!
-¡Alguien puede oírnos! –manifesté, alarmada ante los fuertes gritos.
Leopoldo se separó y dijo:
-Nadie puede escucharnos en este cuarto. Dentro de un rato gritará todavía más… -Se montó encima de ella.
-¡Mira qué verga! –me dijo Melani.
Me agaché para vérsela, él se alzó, para que pudiera mirársela en todo su esplendor. Jamás había visto nada igual: era muy larga y estaba curvada como si fuera una salchicha gorda. No pude evitar la tentación de apoderarme de ella.
Me metí la cabeza en la boca. Leopoldo jugaba con los pechos de Melani, por lo que ella no se dio cuenta de lo que pasaba. Se sacudía con tal violencia que creía que me descoyuntaría las mandíbulas. Paseaba la lengua por la punta, mientras que con una mano le frotaba la caña. Estaba asombrada por su longitud.
Melani nos interrumpió:
-Deja que me la meta, Pepita.
Me separé muerta de envidia, miraba su raja, sus fuertes muslos bien abiertos y su Monte de Venus brillante de humedad…
-¡Pepita! ¡Pepita! –me llamaba- Mira ahora cómo me la mete toda. Si no crees míralo bien.
En realidad no podía verlo, pero palpando noté cómo iba entrando todo aquel trozo de carne en las entrañas de mi amiga, lentamente hasta desaparecer. Cuando estaba dentro, ella no dejaba de gritar. Cogió a Leopoldo con fuerza y jadeando dijo:
-¡Sólo con Leopoldo tengo que gritar, porque no hay un momento que deje de correrme con él!
Leopoldo follaba como una máquina, alzándose muy alto y volviendo a meterla con rapidez. Melani subía y bajaba las caderas, para acompasarse a sus movimientos. Me senté en una almohada, para verlo mejor. El apretaba sus tetas chupándole ambos pezones, mordiéndoselos y mamándoselos. Me levanté el vestido para participar en la fiesta; al verlo, Melani le dijo:
-¡Chúpaselo también a ella!
El giró la cabeza y empezó a hacerme cosquillas con la lengua. Tal placer sentí, que me extendí en la cama. ¡Era un gran artista! Hacía que su lengua adquiriera la misma rigidez que una buena verga, metiéndomela y sacándomela al mismo tiempo que lo hacía su polla en Melani. Tenía los sentidos arrebatados de placer. Seguimos un rato hasta que nos corrimos juntos. El se marchó en seguida. Melani y yo nos levantamos y arreglamos los vestidos, hecho lo cual, salimos de la habitación del camarero.
Después de aquella tarde tan agitada, a la mañana siguiente, me dirigía a la Iglesia a confesarme.
El padre Mayer me preguntó:
-¿Has tenido relaciones sexuales con hombres? ¿Fueron muchos?
-Sí –respondí.
-¿Dejaste que te llegaran a follar?
-Sí.
-¿Mamaste órganos masculinos?
-Sí.
¿Los masturbaste con la mano?
-Sí.
-¿Qué más hiciste?
-Dejé que me la metieran por detrás.
-¿Desde atrás?
-Sí.
-¿No será por el culo?
-Sí, padre.
-Olvidas que…
-Ayer, usted no me lo preguntó, reverendo padre.
-¿Qué más hiciste?
-Permití que lamieran y chuparan la raja.
-Eso no es pecado, no necesitas confesarlo –dijo, con voz grave.
-No me refería a usted, padre, fue otra persona –contesté.
Enfadado dijo:
-Me dijiste que nadie te lo había chupado antes.
-Y era verdad, volvió a ocurrir ayer por la tarde con otro.
-¿Quién fue? –preguntó sorprendido.
-Leopoldo.
-¿Y ese quién es?
-El cajero de la posada de Melani.
-¡Cuéntame cómo pasó!
Le confesé todo lo que había pasado desde que salí de su casa con mi amiga. Movió la cabeza y dijo:
-¿Hiciste algo más? ¿Con órganos femeninos tal vez?
-Sí, jugué con los pechos de Melani e hice otras muchas cosas.
-¿Cometiste ese grave pecado con tus pechos?
No había entendido a qué se refería, pero por si acaso le contesté afirmativamente para no enfurecerle.
Me impuso como penitencia rezar muchas veces el Padrenuestro y otras oraciones, preguntándome si estaba arrepentida de mis pecados.
Respondí que sí, y entonces me dijo con voz solemne:
-Vete en paz y no peques más. Tus pecados han sido perdonados. Si vuelves a caer de nuevo en ellos, ven a mí que yo te limpiaré. No digas una palabra de toda esta confesión a nadie. Si lo haces tu alma se perderá para siempre; serás condenada al infierno y Satán te asará sobre ardientes carbones para toda la eternidad.
Me fui con el corazón aliviado. En la escuela, después, observé que el maestro no me perdía de vista; me miraba de una forma extraña, cosa que duró varias semanas.

.

14
.


Temía al maestro. Presentía que significaba un peligro para mí. Cuando caminaba de un lado a otro de la clase, por el pasillo, siempre se paraba junto a mi asiento, me acariciaba el cabello y me pasaba la mano por la espalda. Cuando lo hacía, me venía una sensación de ahogo y no podía dejar de sentirme incómoda, pero me halagaban sus muestras de afectos y no dejaba de sonreírle cuando se alejaba.
A veces me sacaba a la pizarra, para que escribiera las respuestas a las preguntas que me hacía. La pizarra estaba detrás de su escritorio y cuando yo escribía, se daba la vuelta de forma que yo quedaba entre sus piernas. Entre nosotros y el resto de la clase, se interponía el escritorio, por lo que mis compañeros no podían ver lo que sucedía de aquel lado.
Me cogía la mano libre y como por accidente, así lo creí yo por lo menos, la colocaba sobre su bragueta al tiempo que decía en voz alta:
-Espero que habrás estudiado a conciencia tus lecciones.
Mientras hablaba, me miraba a la vez que oprimía mi mano contra sus pantalones, con tal fuerza que yo sentía cómo su miembro se enderezaba bajo la tela.
Un día, cuando dejó mi mano, yo, en vez de retirarla como era mi costumbre, la mantuve en el sitio; él me miró de nuevo. Me había excitado mucho y estaba orgullosa de que me hubiera elegido a mí. Lena de pasión cerré mi mano alrededor del aparato y lo apreté con fuerza.
Con la intención de que los demás no se fijaran en nosotros, dirigió un largo discurso a la clase. Se desabrochó la bragueta y sacó fuera su desnuda polla. Era muy gruesa y curvada, estaba muy caliente.
Nos miramos, y lentamente comencé a hacerle una paja. Mis movimientos eran delicados para que los demás no notaran nada. Palideció, y con un movimiento tan rápido que pasó desapercibido me metió la mano bajo el vestido.
Me abrí de piernas y adelanté las caderas todo lo que pude para facilitarle la llegada a mi centro del placer. Encontró con maestría mi varita dedicándose a tocarla y sobarla, me produjo escalofríos y una febril sensación me recorrió a lo largo de la espina dorsal.
Nos miramos a los ojos y mantuvimos la actividad mientras él seguía dictando al grupo. Por fin se interrumpió y me envió a mi sitio. Llamó a la señorita Ferndinger, que acudió a la plataforma. Desde mi asiento, vi como se colocaba entre sus piernas y empezaba a jugar como yo había hecho antes; también el maestro le deslizó la mano bajo el vestido.
Ella se sonrojó cuando le hurgó en la ranura. Pero fue evidente que mi compañera no podía satisfacerlo. La mandó a su sitio y me llamó de nuevo, diciendo:
-Trae contigo tus ejercicios de escritura, los realizarás aquí.
Me coloqué entre él y su escritorio en ademán de escribir. Estaba segura que iba a ocurrir algo y permanecí inmóvil. Como yo pensaba, me alzó el vestido y trató de metérmela con cuidado. Trataba de ayudarle agachándome todo lo que podía, sin dejar de aparentar que escribía.
Una vez que me metió la cabeza, tiró de mí hacia atrás, dándome a entender que me sentara sobre el aparato. Como él no podía empujar sin que se notara, fui yo quien tuve que moverme arriba y abajo lo mejor que podía, haciendo yo sola todo el trabajo.
Se inclinó hacia delante, fingiendo examinar mi ejercicio de escritura. Colocó una mano abierta sobre la mesa escritorio. Adiviné lo que quería y, encorvándome, hice llegar uno de mis pechos sobre su mano. Me lo acarició y apretó; por último, jugó con mi pezón, el cual, rígido, empezó a erguirse.
La situación era increíble: follar con el maestro, en presencia de todos los niños; apenas me movía por miedo a que los demás se dieran cuenta. Esta dificultad adicional no hacía sino aumentar mi excitación. Continué lentamente hasta que empecé a correrme. Me dolía, ya que el maestro la tenía muy gorda y me la había metido casi entera.
Me corrí del todo, lo cual fue la causa de que él también lo hiciera. Sentí proyectar en mis entrañas su cálido jugo. Mientras todo se sucedía, él continuaba su dictado; yo no pude escuchar nada, por lo que dejé mi papel en blanco. Una vez terminamos, su máquina se salió espontáneamente. La lección había terminado.
A la salida de la escuela las niñas Ferndinger y Melani se acercaron corriendo. Esta última me dijo:
-Hoy te ha jodido el maestro, ¿no?
-No –contesté.
-Eso quiere decir que sí lo hizo –manifestó la Ferndinger.
-Nos hemos dado cuenta de todo –dijo Melani.
-El maestro siempre me hace una paja, nunca me folla –dijo la señorita Ferndinger, una chica vulgar, delgada, provista de dos minúsculos pechos y de un amplio trasero.
-Sin embargo a mí no ha dejado de follarme desde el año pasado, añadió Melani.
-Pues sin duda ahora es mi turno.
Una vez, después de lo narrado, el maestro me hizo quedar después de las clases. No bien hubieron salido las niñas de la clase, él me llamó a la tarima y sin ningún comentario, se sacó la polla y me la puso en las manos. Al instante me dispuse a meneársela.
Estábamos solos, no había nada que temer. Después de un rato de meneársela, y después de haberme metido los dedos en la raja, me hizo sentar sobre él a horcajadas, como si montara a caballo. Con un abrazo me acercó a él, se entretuvo con mis pechos, y mientras me besaba en la boca. Me sentí conmovida por la demostración de afecto, tanto que empecé a menearme como una loca, casi me rompo el espinazo. En cinco minutos acabábamos, y me fui a mi casa.
Rememoro con pesar lo que le ocurrió a nuestro maestro. (Estuve mucho tiempo apenada por esa causa, ya que me había encariñado con él). En un grado inferior al mío, había una niña encantadora, hija de un carpintero. Contaba ocho años, pero era pequeña para su edad, era regordeta y tenía un rostro angelical, mejillas sonrosadas y largos y rubios bucles. Sus diminutos pechos eran dignos de tener en cuenta. El maestro la había enseñado a masturbarle y llegó al extremo de tirarle el chorro en su pequeña hendidura. La niña habló de esos manejos con su madre. Ella se enfadó enormemente, se lo contó a su marido, el cual, que ya no tenía buena opinión sobre los maestros, le denunció. Después de una corta investigación el maestro fue detenido. Esto hizo que se descubrieran otras víctimas y los niños comentaron entre ellos y en sus casas tan nefastas inclinaciones. También mi padre fue citado a declarar al juzgado; tuve que acompañarle.
Allí nos encontramos con una multitud de niños acompañados de sus padres. Cuando discutían entre ellos no nos culpaban a nosotros. Hasta aquel día, mi padre no tenía ni idea del asunto, por lo que se limitó a interesarse sobre si era verdad. No le respondí, me sentía avergonzada.
Muchos de los enjuagues del maestro fueron descubiertos. Muchas niñas, alguna de las cuales aún estaba en el primer grado y casi no podía hablar, explicaron cómo su maestro les colocaba el “pajarito” en la boca y después se hacía “pipi en ellas”. La sorpresa y la indignación fueron enormes.
Melani también estaba allí, acompañada de su padre, el cual cada vez que ella intentaba hablar le decía:
-¡Cállate!
La gente se miraba entre ella y comentaba:
-Ya no es una niña. No es extraño que él haya “usado”.
Nos llamó el juez a declarar. Con él había otro señor, que después supimos era médico. El juez era un hombre joven y de aspecto agradable; le costaba trabajo contener la risa.
Me preguntó:
-¿Te hizo algo el maestro?
-No –respondí.
-Te pregunto si llegó a tocarte… ¿Sabes a qué me refiero?
-Sí.
-¿Dónde te metió mano?
-¡Aquí! –respondí con turbación, me llevé la mano a mis partes.
-¿Qué más hizo?
-Nada.
-¿Te colocó algo en la mano?
-Sí.
-¿Qué fue?
No contesté.
-Bueno… no importa… ya lo sé –dijo el juez- ¿Y llegó a ponerte “esa cosa” ahí? –preguntó señalando el “lugar”.
-No, no toda.
-¿Sólo un poco?
-Sí, hasta la mitad más o menos.
Sin contenerse la carcajada, el doctor y el juez se miraron. Mi padre me miró en silencio.
-¿Te tocó algo más?
-Aquí, dije poniendo la mano sobre mis pechos.
-Dudo mucho de que eso le resultara tentador –dijo dirigiéndose al doctor.
Se me acercó el doctor y puso sus manos sobre mis pechos; me palpó con aire profesional, diciendo:
-Están bien llenitos… llenitos de tentación.
-Bueno –dijo el juez-, y ahora dime, ¿no trataste de resistir?
-No sé qué es eso-
-Que si no retirabas su mano.
No
-¿Y por qué le tocaste su “cosa”?
-El maestro quería que lo hiciera.
-Entonces… ¿no te obligó?
Iba a contestar que no, pero entonces me di cuenta de lo peligrosa que era su pregunta, por lo que no contesté.
-¿Por qué permitiste que lo hiciera?
-El maestro quería.
-¡Ya!... ¿pero por qué no le dijiste: “Maestro, por favor, no me gusta esto”?
-No me atrevía.
-¿Así que fue por respeto al maestro?
-Sí –suspiré aliviada- fue por temor.
-¿No le tentaste? ¿No le dijiste: quiero hacerlo, o bien le miraste de esta forma? –El juez me miró sonriente; sus ojos tenían una expresión adorable.
A pesar del miedo que sentía, me hizo sonreír, le contesté:
-¡No!
-Cuéntame algo más –dijo el juez-, pero quiero la verdad absoluta. ¿Entiendes? Toda la verdad. ¿Te gustaba lo que te hacía el maestro?
No respondí, me embargaba el miedo.
-Quiero decir –repitió- ¿te gustaba jugar con su “cosa”?
-Oh, no –dije vehementemente.
-Te he dicho que quiero saber la verdad, así que dime: ¿Cuándo te metía su “cosa”, te producía placer o dolor?
-Las dos cosas, a veces me dolía, pero no siempre, respondí.
-Entonces… ¿algunas veces te gustaba? –preguntó bruscamente.
-Sí –dije secamente, a veces. Pero sólo muy rara vez.
El juez sonreía. Mi padre me miraba asombrado y enojado.
-¡Está bien!, continúa –dijo el juez.
-A veces me gustaba.
-¿Lo hacías de buena gana entonces?
-¡No! –corté, temiendo a mi padre-. No me gustaba y nunca lo acepté de buena gana.
-¡Pero si me acabas de decir que te gustaba!
-Sí, pero yo… no podía evitarlo, cuando entraba y salía…
Me interrumpió:
-Bien, bien. No te gustaba hacerlo, pero involuntariamente obtenías gusto con ello ¿es así?
-Sí.
-Doctor, por favor, ¿será tan amable de dar su opinión sobre este caso?
No sabía lo que iba a pasar. El doctor me sentó en un taburete alto, me alzó el vestido y separándome los muslos me abrió la ranura con los dedos. Me metió algo duro, lo sacó y dijo:
-Definitivamente, la chica tuvo relaciones sexuales con él.
Bajé del banquillo aturdida.
-Dime ahora, ¿sabes si el maestro lo hizo con otras niñas? –dijo el juez.
-Claro que sí; hay varias de ellas en la antesala.
-Ya lo sé, pero necesito que me lo digas, ¿escuchaste o viste personalmente algo?
-Sí, Melani y la Ferndinger me hablaron de ello.
-¿Les hizo lo mismo que a ti?
-No. No llegó a joder a la Ferndinger.
-¿Te enseñó esa palabra tu maestro? –preguntó el juez.
-No, no fue él –contesté perpleja.
-¿Quién te la enseñó? –interrogó.
-Fue en la escuela… de las compañeras.
-¿De la Hoffer o de la Ferndinger?
-No me acuerdo.
-¿Me dijiste que no jodió nunca a la Ferndinger?
-No lo hizo, sólo jugaba con ella.
-¿Y a la señorita Hoffer?
-Sí, a ella sí.
-¿En tu presencia?
-Lo vi una vez.
-¿Y las otras veces?
-Me lo contó ella.
Se dirigió a mi padre, diciendo:
-Señor Mutzenbacher, siento mucho que se haya visto obligado a escuchar esta dolorosa historia: la de un preceptor sin escrúpulos ni conciencia que ha arruinado a su hija. Consuélese, su hija es joven. Le prometo que no se volverá a hablar de este enojoso asunto; espero que puedan evitarse las malignas consecuencias que podrían derivarse, gracias a la estricta vigilancia de la conducta moral de su hija.
Nos marchamos a casa; para entonces yo estaba convencida de que, en verdad, el maestro me había “arruinado”. Le sentenciaron a pagar con una larga condena de cárcel. El hecho de la “ruina” de Melani y mía fue considerado como agravante. (Cuando recuerdo que tanto Melani como yo habíamos sido “arruinadas” hacía mucho tiempo, al igual que había pasado con otras niñas que declararon en su contra, no dejo de lamentarlo por él.)
Este asunto pareció decidir mi vida futura. Pude llegar a ser una buena mujer, como Melani que se casó, y ahora está al cargo de la posada de su padre, rodeada de su prole. Otras de mis compañeras también lograron formar familias y establecer unos hogares. Aquellas prematuras aventuras no les causaron ningún daño. El temor a quedar embarazadas, sin duda, fue lo que les permitió conservar su pureza, hasta que se enamoraron y se casaron. A pesar de que confiesan su infidelidad ocasional, como mi madre con el señor Eckhard, a los ojos del mundo son esposas buenas y honorables que no llegaron a convertirse en putas como me pasó a mí. En el próximo capítulo, explico las aventuras que me indujeron a esta situación.

23 Comments:

  • Hola, ¿no tienes el resto del libro?, yo lo tenia pero lo presté y lamentablemente ya no me lo devolvieron (aunque soy muy reacio a prestar libros ya que se que esto suele suceder)
    Saludos

    By Blogger manuelsandoval, at 03 noviembre, 2009 23:36  

  • Hola, sí que tengo el libro. Yo también lo he prestado en un par de ocasiones pero no lo he perdido de vista. Es un libro singular, o eso me pareció a mí cuando lo leí por primera vez.
    Mi intención en un principio era subirlo entero, pero lo hacía a mano, escribiendo a mano todo el texto, y me cansé. Entonces no sabía que existían los procesadores de texto.

    Un saludo!

    By Blogger Charo, at 05 noviembre, 2009 22:09  

  • Es bastante singular, es cierto.
    Yo personalmente prefiero pensar que no fue escrito por Salten, ya que el/la autora menciona detalles y sentimientos que, a mi parecer, solo habiendolos vivido pueden ser descritos de esa manera tan minuciosa.

    Si te parece enviame los escaneos y te los regreso escritos en word para que los puedas subir al blog

    By Blogger manuelsandoval, at 17 noviembre, 2009 02:26  

  • Hola. Ojalá que puedas terminar de subir los siguientes capítulos. este es un libro que quería leer desde hace tiempo y no lo he podido conseguir en librerías. Gracias de antemano. yoexoso@gmail.com

    By Blogger yoexoso, at 29 mayo, 2010 15:51  

  • Hola, quisiera saber si lograron conseguir el final del libro? Muchas gracias!

    By Blogger Ínfulas, at 26 mayo, 2011 02:34  

  • hola. han conseguido los restantes capitulos?

    By Blogger Unknown, at 15 marzo, 2012 20:28  

  • Hola, necesito, necesitamos, todos lo necesitamos, nos completen los restantes capítulos. Son geniales.

    By Blogger Tonito, at 22 octubre, 2012 19:55  

  • Pasen por éste blog, es de relatos eróticos, algunos similares al de Josephine

    By Blogger Relatos eroticos, at 02 marzo, 2013 04:20  

  • aslex21cent.blogspot.mx/

    By Blogger Relatos eroticos, at 02 marzo, 2013 04:21  

  • ¿me podrian enviar el libro? mi correo es
    bianca_invierno@hotmail.com

    By Blogger bianca, at 13 julio, 2013 19:51  

  • Me podrias pasar una copia? Yo tenia una copia pero lo perdi en una mudanza
    ferses@excite.com

    By Blogger Luis Fernando Sosa Estrada, at 27 noviembre, 2013 06:13  

  • amigos me podrian enviar una copia del mi correo es juancry_238@hotmail.com de antemano gracias

    By Blogger juan carlos palacios lopez, at 26 julio, 2014 03:06  

  • amigos me podrian enviar una copia del mi correo es alexmsarmiento94@gmail.com de antemano gracias

    By Blogger Alejandro Moscoso Sarmiento, at 14 septiembre, 2014 10:21  

  • Hola a todos. Me gustaría mucho poder tener una copia del libro. Estaría muy agradecido a quien pudiera facilitarmela a esta direccion: javilive7@gmail.com
    Gracias!!

    By Blogger Javier Ml, at 18 febrero, 2015 19:01  

  • alguien tiene el final del libro o el libro entero, que me facilite por favor. mi correo karloca.7@hotmail.com, se lo agradecere mucho

    By Blogger karla carmona, at 18 febrero, 2015 23:22  

  • Hola amigos alguien que lo tenga completo y me lo pueda hacer llegar hesg77@gmail.con Agradecido

    By Blogger Hernan soto, at 17 marzo, 2015 17:07  

  • hola no teienen el resto del libro si la tienes este es mi correo mabells.2024@gmail.com

    By Blogger maria salvatore, at 04 mayo, 2015 17:03  

  • HOLA Es muy raro que no he encontrado el en Internet libro en PDF, y es raro por que es uno de los libros junto con el de Memorias de una Pulga, los dos son Iconos de las Novelas Eroticas de principio de los Noventas.

    Si Alguien tiene el libro completo mucho les agradecería una copia o un LINK donde terminar de leerlo.

    Mi correo

    chinosan16@hotmail.com

    o otro correo

    nestor.eibar.o@gmail.com

    By Blogger NESTOR EIBAR ORTIZ BALTAZAR, at 21 mayo, 2015 00:47  

  • Me mandas el libro please ! willma_the_best@hotmail.com

    By Blogger Willma cricelle olivo ramirez, at 22 mayo, 2015 00:28  

  • Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    By Blogger Willma cricelle olivo ramirez, at 22 mayo, 2015 00:29  

  • hola: he buscado por todos lados y no consigo tener el libro completo, alguien podra enviarme una copia? se lo agradeceria mucho. mi correo es e_h_antonio@yahoo.com.mx

    By Blogger toño enriquez, at 13 julio, 2015 16:18  

  • Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    By Blogger Dahi, at 09 agosto, 2015 08:39  

  • Hola, gracias por publicarlo, he buscado mucho tiempo este libro sin conseguirlo.... crees que sea posible enviar los capítulos que faltan, o un lugar donde poder leerlo completo?... sin querer abusar de tu tiempo y tu voluntad, te lo agradecería mucho.
    solo.porangel1@gmail.com
    Muchas gracias, Jenny.

    By Blogger Sola Por ti, at 14 noviembre, 2016 19:27  

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