Josephine Mutzenbacher

mayo 15, 2006

Capítulos 10 y 11

10

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...Durante todo el año siguiente, no tuve que ver con nadie más que con Alois y el señor Horak, a quienes frecuentaba constantemente en la bodega. Un día vino a verme Shani para informarme que tanto su madre, como Rosa, tenían las dos la menstruación; así pues, aquel día sólo debía cumplir con Wetti, por lo que durante la noche estaría libre. Nos aprovechamos de las circunstancias, y follamos parados, apresuradamente, por miedo a que nos sorprendieran. Me acuerdo de aquella ocasión, por el hecho de que al tocarme las tetas exclamara:
-¡Se te están poniendo muy bonitos tus capullos! –y empezaron a endurecer y a erguirse. Me sentí muy orgullosa de ellos.
...Ello me llevó a hacer que en una ocasión le dijera al señor Horak que me los tocara bajo la blusa. Al hacerlo, quedó muy complacido al ver que habían crecido tanto, y se le empinó la verga, a pesar de que acabábamos de follar dos veces seguidas. Sin dejar de tocármelos, cuando adquirió firmeza, pudimos hacerlo una vez más.
...Aquel año, según mis recuerdos, lo hice alguna vez también con Franz aunque él no hacía sino pensar en la señora Rhinelander, a quien siempre buscaba.
...Viendo que subía al desván una mañana, fui y le dije:
-Ahora es tu oportunidad.
...No se atrevió a seguirla hacia el desván. Yo traté de animarle, diciéndole que el señor Horak follaba con ella, asegurándole que sin duda no se opondría a que él también lo hiciera. Le expliqué sus blancos y bellos pechos, pero su temor no cedía. Al final me ofrecí a acompañarle hasta el desván.
...Nos la encontramos cuando retiraba del tendedero la ropa lavada.
-¿Cómo está usted, señora Rhinelander? –la saludé.
-Gracias. ¿Qué están haciendo por aquí? –preguntó.
-Sólo hemos venido a verla.
-¡Caray! ¿Y qué desean de mí?
-A lo mejor podríamos ayudarla –le contesté.
-Bueno, muchas gracias.
...Ella estaba doblando una sábana, me acerqué a ella y me puse a jugar con sus pechos moviéndolos de arriba abajo. Franz, asustado, nos miraba sin pestañear. Ella me abrazó, diciendo:
-¿Pero qué haces?
-Es que son muy bonitos –la halagué.
...Se puso colorada y mirando a mi hermano, sonrió. Franz también lo hizo, pero tontamente, sin atreverse a acercarse.
...Mientras tanto, le metí la mano bajo la blusa y le saqué sus pechos. Ella no opuso resistencia; mirando a Franz, me dijo:
-¿Qué haces?
-Creo que a Franz también le gustaría hacerlo –le dije en voz baja, sintiendo que sus pezones se ponían duros.
-¿Qué es lo que le gustaría? –preguntó.
-Ya lo sabe usted –le contesté.
...Esbozó una sonrisa, mientras le acababa de desnudar sus pechos.
Mientras me apartaba de ella le dije:
-Yo puedo vigilar.
...Con un empujón, hice que Franz se acercara a ella; empecé a montar la guardia, igual que lo hacía cuando el señor Horak y la señora Rhinelander follaban en el sótano, para que nadie les sorprendiera.
...Esta fue, si mi memoria no me engaña, la primera vez que hice el papel de Celestina. Sin tener en cuenta que fui yo la que contó al señor Eckhard la decepción de mi madre con mi padre, que fue la causa por la que ambos se dedicaron a joder con frenesí. Si hubiera callado es probable que éste se hubiera conformado con la hija.
...Franz, de pie, hundió su cabeza entre los pechos de ella, que le abrazó con fuerza, mientras le preguntaba:
-Está bien, dime qué quiere este hombrecito.
...El no podía responder, pues tenía la boca ocupada con uno de los pezones de la mujer, que chupaba con tal furia, que fue adquiriendo mayor tamaño y dureza. Ella, inquieta, empezó a estremecerse.
...Me sentía ansiosa de participar en el juego, hasta el punto de olvidar mis deberes de vigilancia. Ella se había tendido sobre su cesto de la ropa, y al levantarse las faldas pude ver su enorme nido peludo, en el que temí desapareciera mi hermano… ¡empezando por la cabeza! La mujer lo atrajo hacia sí y con la mano se metió el pequeño aparato. Parecía que se lo había tragado por completo. Franz le pidió que fuera con calma, y se puso a trabajar con precisión cronométrica.
-¡Me haces cosquillas! –dijo ella, riendo y quedándose quieta-. ¡Lo haces muy bien!
-¿Lo hace con frecuencia? –me preguntó a mí.
-¡Sí!, -contesté.
-¿Y trabaja tan deprisa?
-Sí, -respondí- Franz siempre folla así.
...Me arrodillé a su lado y jugué en su oreja con la lengua, tal y como me había enseñado el señor Eckhard. Gimió de placer.
-¡Más despacio hijito! ¡Yo también quiero ayudarte! ¡Mira… así es mejor! –dijo regulando la subida y bajada de sus caderas.
-¡Oh, me estoy corriendo…! ¡Oh… no puedo resistirlo, cuando Pepita me hace cosquillas en la oreja…! ¡Oh… me corro de nuevo… eh, niños! ¡Qué niños más maravillosos!... ¡Qué herramienta tan dulce…! ¡Oh… ah! –y dirigiéndose a Franz:
-¿Por qué no me muerdes los pezones, hijito?
...Franz obedeció y chupó el pezón a placer. Ella exclamó:
-Pero no debes dejar de follarme… ya estaba a punto de correrme otra vez… así… así es mejor… ¡Oh, Dios mió!
...Franz, al reemprender la follada, dejó de chupar el pezón, por lo que ella exclamó:
-¿Por qué dejas de chuparme el pezón?
...El no había aprendido aún a realizar las dos cosas a la vez, por lo que fui en su ayuda; apartándome de la oreja, tomé por mi cuenta un pezón y después el otro. Con ello mi excitación se elevó. Mi postura era tal, que mi raja quedaba a la altura de su rostro, por lo que ella me alzó el vestido y con su lengua me trabajó el conejo. Me parecía que también a mí me follaban. De pronto, los tres nos corrimos a la vez. Ella dijo entonces:
-Mis queridos hijitos… que bien se está… ¡Oh! Franz… siento que me lanzas tu chorro… y tú Pepita ¡Tú también estás mojada! “Oh, ah!
...Exhaustos, nos quedamos tendidos un buen rato sobre la cesta. Ella se puso de pie y roja de vergüenza exclamó:
-¡Caray! ¡Sois unos descarados! ¡Qué niños! –escapó apresuradamente por las escaleras. Franz y yo nos quedamos muy cómodos sobre la canasta de la ropa, que ella, por su prisa, había olvidado. Con la boca, le cogí el aparato intentando que se empinara de nuevo.
-¡Ahora, fóllame a mí! –le exigí.
-¡No! –respondió-, puede volver la señora Rhinelander.
-¿Y qué importa? Ella ya sabe lo que hacemos.
-Yo no quiero.
-¿Por qué? –pregunté enfadada.
-Porque no tienes tetas.
-¿Cómo dices? –Abrí rápidamente mi blusa para mostrarle mis retoños con los que se puso a jugar de inmediato.
...Me quedé acostada, se colocó encima de mí, y de un solo empujón empezó a joderme; yo puse toda mi ciencia para que me la metiera lo máximo posible. Lo hizo sabiamente y la sensación fue agradabilísima. Terminamos en seguida. Nos levantamos y salimos del desván dejando la canasta de la ropa como estaba.
...Franz continuaba persiguiendo a la señora Rhinelander, más apasionadamente que antes, si cabe. Siempre que se veían, ella le llevaba a sus habitaciones, cosa que pasaba con frecuencia, para enseñarle a hacer las dos cosas, follar y magrear las tetas, al mismo tiempo. Mi hermano fue un alumno aventajado.
...Con cualquier excusa, pedirle que le llevara petróleo, que le subiera la cerveza, la señora Rhinelander le metía en su casa. Siempre que era llamado, yo sabía qué le pasaría a Franz.

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11

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...Todo siguió igual, hasta que un día mi madre murió.
...Tenía trece años y me desarrollaba con rapidez. Mis pechos se habían desarrollado y una buena cantidad de pelos aparecía en mi pequeña ciudadela. Cuando pienso en mi pasado, atribuyo mi prematuro desarrollo a los encuentros sexuales que sostuve con diferentes hombres y muchachos hasta que murió mi madre. Quizá tuve una cincuentena de ellos.
...De todos ellos, he escrito, el primero fue mi hermano Franz, después Robert, más tarde el señor Horak, que me penetró lo menos quince veces por detrás, sobre un barril de cerveza. Después fueron Alois, que a menudo me follaba sobre el regazo de Clementina; el señor eckhard; Shani, que sólo me folló una vez; otra vez fue con un soldado, y con un chico desarrapado que me obligó; además recuerdo a los diferentes niños-muchachos a los que seduje en el sótano y poco o mucho se encariñaron conmigo. A otros los he olvidado, no así al cerrajero borracho que trató de estrangularme, pero que al sentir mi mano sobre su miembro, se corrió y evitó el desenlace, al dejarle satisfecho.
...Me acuerdo de un anciano que me engatusó en el retrete. El viejo tomó asiento en el water y me colocó entre sus piernas, me frotó su desfalleciente aparato, hasta que llegó a su clímax. Agradecido, me regaló un par de ligas azules.
...En total, me pasé por la piedra a más de dos docenas de hombres.
...No pude saber cuál fue la causa de la enfermedad, y muerte de mi madre. Con dos días de enfermedad, al siguiente falleció, y sin demora la llevaron al depósito de cadáveres. Los hermanos lloramos a “moco tendido”, pues nos quedaba mi padre, al que respetábamos y temíamos mucho, dado su comportamiento estricto.
...Mi hermano Lorenz nos dijo a Franz y a mí:
-Esto ha pasado como castigo a vuestros pecados.
...Creía, plenamente, sus palabras, por lo que éstas me calaron muy hondo. AsÍ pues, después de la muerte de mi madre, me hice el propósito de no volver a hacer nada incorrecto en el resto de mi vida. Sólo la presencia en casa del señor eckhard me resultaba insoportable. Una semana después del fallecimiento, éste nos dejó; yo respiré muy aliviada cuando salió de casa.
...En cierta ocasión, al encontrarme con Franz sola en casa, intentó acariciarme los pechos; le di una bofetada en plena cara y a partir de ese momento me dejó sola en mi aislamiento voluntario.

...Mi vida cambió profundamente, después de la muerte de mi madre. Tenía el firme propósito de ser buena, cosa que seguramente habría cumplido, de no mediar la voluntad de mi destino.