Josephine Mutzenbacher

mayo 15, 2006

Capítulo 9

9

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Según recuerdo, había mencionado a otro amigo, que vivía en mi misma calle, unas puertas más abajo. Se llamaba Shani, y a mí me gustaba mucho. Tenía trece años, era esbelto y muy guapo, con los ojos y el cabello oscuros.
Cada vez que nos encontrábamos, nos saludábamos sin llegar a entablar una conversación. Tenía miedo a entablar con él las relaciones que me indicaba mi deseo, puesto que era compañero de clase de mi hermano Lorenz, con el que le unía una fuerte amistad.
Visitaba a mi hermano Lorenz con frecuencia, y yo suponía que la castidad de ambos era igual. Su comportamiento conmigo era siempre amable y circunspecto.
En una ocasión, vino a casa cuando ninguno de mis dos hermanos estaba. Sabía que ambos tardarían bastante rato en regresar, y mi madre estaba en la lavandería. Así pues, intenté aprovechar el tiempo.
Al saber que Lorenz no estaba en casa, intentó marcharse, pero yo le retuve, pidiéndole que lo esperara en casa. Al ver que dudaba, le mentí diciéndole que no tardaría en regresar; al persistir en su duda, le expliqué que tenía miedo de estar sola en casa; esto le decidió a entrar, aunque no lo hizo de muy buena gana.
En principio nos mostrábamos tímidos y esquivos. Lo llevé de la cocina a la sala, y al cabo de un rato nuestra timidez había desaparecido.
Estábamos en silencio. Me acerqué a él con una sonrisa, le pasé la mano alrededor de su cuello y me froté con mi cuerpo contra el suyo. Creía que esto sería suficiente para que él me metiera la mano en el conejito, o me pusiera su aparato entre las manos. No hizo nada de lo que yo esperaba, permaneciendo callado y sonriente.
Tenía prisa, por lo que tendí en la cama y le llamé:
-¡Ven aquí!
Se aproximó lentamente, me levanté un poco el vestido y le dije:
-Así no ves nada.
Levanté aún más el vestido:
-Todavía no ves nada –insistí.
Llegó junto al lecho y se sentó a mi lado sin mostrar el más mínimo interés.
Levanté el vestido por encima de las medias.
-¡Aún no ves nada! –le repetí.
Permaneció inmutable con su tímida sonrisa.
-Pero ahora –descubrí por completo mi joya (esa tarde no me había puesto bragas) -¿Ahora qué?
Siguió inmóvil. Mi excitación se hizo más patente, al pensar que su espada, al igual que la de Alois, se ajustaría a mi vaina. ¡Ansiaba vérsela, tocársela, tomarla y sentirla dentro de mí! Alargué la mano hasta su pantalón. Se apartó diciéndome con voz apesadumbrada:
-¡No! No puedo hacerlo.
¿Por qué no? –pregunté saltando de la cama.
-¡No puedo hacerlo! –susurró.
-¡Muéstrame por qué no puedes! –dije tendiendo la mano hacia su pantalón.
Se veía que deseaba escapar. Le retuve, abrí su pantalón y le saqué su aparato, que era largo y estrecho. El prepucio estaba recogido detrás de la cabeza, cosa que era nueva para mí. Pero estaba segura que la bella máquina era capaz de ponerse tan tiesa y fuerte como la que más.
Deseaba colocar aquello en el lugar adecuado, por lo que me levanté el vestido. El me rechazó diciendo:
-¡No! ¡Déjame marchar! ¡No puedo hacerlo!
-¡Tú también puedes!
-¡Te digo que no puedo!
-Estás mintiendo. ¡Claro que puedes! Lo que pasa es que no quieres.
-De verdad, no puedo. –Su tristeza era tal que me conmovía.
La curiosidad me comía; deseaba saber la razón de sus objeciones. Mientras le interrogaba, se separó de mí, y guardó su instrumento, se abrochó el pantalón y me dijo:
-¡No es posible! Ya te lo dije antes.
-¡Mentira! Lo que pasa es que no me deseas; si te atreves a decírmelo, por lo menos no me mientas.
Se acercó de nuevo a mí.
-Yo no te engaño –dijo, mientras me acariciaba el coño sin levantarse el vestido. Tras un momento de duda, agregó:
-Sencillamente, no puedo hacerlo.
-¿Por qué? ¡Explícamelo!
-¡Por culpa de esas malditas mujeres! –casi me gritó.
-¿Qué mujeres?
-En lo que va del día, ya he tenido que follar dos veces.
-¿Cómo dices? –le interrogué.
-Lo que has oído, ya he follado dos veces, y si vuelvo a hacerlo contigo, esta noche seré incapaz de repetirlo, y ella me azotará.
-¿A qué te refieres?
-A mi madre.
-¿Tu madre?
-Sí.
-¿Si no se te empina es capaz de azotarte?
-Sí.
¿Quieres decir que follas con tu madre?
-Debo hacerlo –Mientras hablaba, estaba a punto de echarse a llorar- Todas las mujeres son iguales, unas putas.
-¿Y ya la has jodido hoy dos veces?
-No, a ella no. Le toca esta noche.
-Pero, entonces, ¿con quién follaste?
-Con mis hermanas.
-¿Con tus hermanas?
-Sí, tengo dos y he follado con las dos. Si te jodo ahora, por la noche no se me empinará, no podré joder a mi madre, ella se dará cuenta que follo con Rosa y Wetti, entonces se enfadará y me azotará.
Se dedicó a confiarme su historia y pareció más aliviado de poderse desahogar con alguien.
Cuando Shani era un bebé, murió su padre, por lo que no llegó a conocerlo. Yo conocía a sus hermanas y a su madre; ésta era una mujer pequeña, esbelta y menuda, tenía los hermosos cabellos y los ojos oscuros de su hijo. La hermana mayor, Rosa, era rubia y esbelta, pecosilla y dotada de puntiagudos y bien desarrollados senos. Wetti, la más pequeña, tenía dieciséis años, era bajita y regordeta, poseía grandes tetas y un amplio culo. Precozmente, Wetti, había sido seducida cuando tenía doce años por un vendedor de libros a domicilio. Había descubierto que una noche estaría sola en casa y se aprovechó de la ocasión con una saludable follada, por lo que no tuvo que molestarse en forzarla.
En cierta ocasión, Wetti contó a su hermano su aventura. Además le enseñó cómo lo había hecho el vendedor de libros. A partir de ese momento se dedicaron a tan agradable juego con cierta frecuencia. Un día, estando en plena faena, los sorprendió la otra hermana. Quedó inmóvil observándoles. Ellos se separaron de un salto. Se imaginaban lo que se les venía encima. Rosa se limitó a decirles:
-¿Qué hacéis?
Ellos no contestaron nada, por lo que la otra se marchó. Esa noche, cuando todos dormían, ella llamó a Shani. Cuando él llegó a su lado, le preguntó:
-¿Qué hacías esta tarde con Wetti?
-¡Nada!
-¿Cómo? Por lo menos ella tenía levantado el vestido, y la tenías con las tetas al aire.
-Sólo jugábamos.
-Entonces, enséñame cómo jugábais.
Como él no se movía, Rosa apartó las mantas y le dijo:
-Ven, acuéstate a mi lado –cuando él se metió en la cama y vio que Rosa estaba completamente desnuda, no perdió el tiempo y empezó a sobar los pechos de su hermana, los cuales admiraba desde hacía algún tiempo.
Rosa le agarró la polla; su nerviosismo no la dejaba hablar. Por su parte, Shani estaba presa de gran excitación y la pasión lo enardecía. Sin embargo tenía miedo; sólo había follado con Etti durante el día y sin permanecer desnudos. Era el más pequeño y respetaba a su hermana mayor; le parecía mentira estar disfrutando de sus tetas y del toqueteo de ella a su polla.
-¿Folláis a menudo Wetti y tú? –preguntó Rosa.
-Con frecuencia –respondió él.
-¿Quieres que se le cuente a nuestra madre? –le dijo mientras apretaba con fuerza la rígida polla.
-No, no le digas nada, por favor –rogó Shani.
-¡Caramba! Espera a mañana, cuando le explique que has estado en mi cama, tocándome las tetas y frotándote el aparato contra mi cuerpo.
-¡No! ¡No le digas nada! Además tú has sido la que me has llamado.
-Pero mamá me hará más caso a mí que a ti. Le explicaré que te metiste en mi cama y que intentaste follarme; también le diré que lo haces con Wetti.
El trató entonces de retirarse, pero ella no dejaba los frotamientos y le ofrecía las tetas para que siguiera trabajándolas. Al ver su miedo, le dijo:
-¡Quédate tonto! No voy a explicar nada. Sólo quiero que me jodas también a mí.
Sin dudarlo un momento, él se puso encima de ella y se la metió de tal manera, hasta el fondo, que su pelvis notó el suave contacto con los pelillos que ella tenía alrededor del coño. Sin embargo, Rosa todavía era virgen, lo que dificultaba las cosas. El la sujetó por detrás y con un fuerte tirón la pudo penetrar hasta el final.
¡El se corrió casi al momento! Rosa, después de lanzar algunos gemidos pareció que también quedó satisfecha. El volvió a su cama. A la mañana siguiente se asustó al ver manchas de sangre en su pijama; ella le tranquilizó al explicarle que aquello era que la había desvirgado.
Al cabo de pocos días Wetti descubrió lo que ocurría entre sus dos hermanos cada noche. No lo dudó y se unió a sus juergas, por lo que Shani debía satisfacerlas a las dos. Shani no supo si fue por la palidez de su rostro, debida a los esfuerzos nocturnos empleados en el fragor amoroso, o al haber escuchado algo, que su madre una noche le sorprendió dormido en la cama de Rosa. A la mañana siguiente, la madre le dijo:
-No está bien que un muchacho duerma con sus hermanas.
Rosa explicó:
-Tiene miedo a dormir solo.
-Pues si tiene miedo, desde esta noche dormirá en mi habitación –declaró firmemente la madre.
Se cambió su cama a la alcoba de la madre, colocándola junto a ella. Esa misma noche, su madre se le acercó y lo abrazó con fuerza, para que no tuviera miedo. Hizo que le pusiera las manos sobre los pechos, y él jugó con ellos hasta que se quedó dormido. (No eran tan grandes ni redondos como los de su hermana, pero estaban bastante bien desarrollados).
Cada noche pasaba lo mismo, y poco a poco Shani fue tomando más valor. Una vez ella se lo metió en su cama y él se arrimó todo lo que pudo, por lo que su madre notó que tenía el miembro fuertemente empinado. Al apretarle las tetas, Shani notó que ella tosía nerviosamente, y se apartaba cada vez que la rozaba con la polla en los desnudos muslos.
Pasaron varias noches en las que sucedía lo mismo; una de ellas, la madre no se apartó cuando él frotaba contra ella, y lentamente bajó la mano y empezó a acariciarle el rígido y duro pene. De repente, se puso a su hijo encima de ella y con la mano se metió la palpitante polla en su gran coño al tiempo que apretaba sus pechos contra su cara murmurando:
-¡Ahora… empuja hijo mío!... mi propio hijo… ¡Empuja!... ¡Tu madre te deja hacerlo!... Empuja… ¡Aprieta con más fuerza!... Así… ¡Más rápido!... ¡Hijo mío…! ¡Más rápido!... ¡así! ¡Más! ¡Así!
A partir de ese día Shani tuvo que follar con su madre por lo menos dos veces cada noche, en todas las `posiciones, de pie, de costado, por detrás, etc… Sus hermanas, que no eran tontas, pronto se dieron cuenta de lo que pasaba y, perdido el miedo, acosaban todo el día a su hermano, que así, se veía obligado a follar con sus hermanas y con su madre a todas las horas, en cualquier sitio y en cualquier posición y modalidad.
Sus hermanas habían perdido cualquier sentido del pudor, por lo que pronto se organizaron formando turnos. Unas veces una miraba cómo los otros dos gozaban; cuando terminaban, sin perder un minuto, se metía la polla flácida en la boca y la volvía a poner en forma; entonces era la otra la que miraba el desarrollo de los acontecimientos. Con el tiempo, también su madre se unió al trío, con lo que Shani no descansaba un solo momento. Por fin ellas aceptaron repartirse los turnos equitativamente, por lo que, con frecuencia, las hermanas lo reclamaban durante la noche y su madre le dejaba ir, para que regresara cuando dejara tranquilas a las otras dos, pero mientras esto pasaba, la madre se calentaba, por lo que al volver le tomaba la polla con la boca y se la trabajaba hasta ponerla activa al objeto de ser satisfecha.
Con frecuencia, Shani se veía obligado a hacer la ronda de las tres mujeres, incluso dos y tres veces en la misma noche. La debilidad que fue adquiriendo no le pasó desapercibida a su madre, por lo que prohibió a sus hijas que lo utilizaran durante el día: si descubría que no se le empinaba por la noche como era debido, al suponer que la había desobedecido, lo castigaría azotándole sin piedad.
Su ira iba en aumento a medida que progresaba en su historia, por lo que no dejaba de maldecir a las tres mujeres. Mi excitación era tal, que varias veces intenté agarrarle tan trabajador aparato, pero él, con serenos modales, me suplicaba que lo dejara tranquilo. Pero yo, como mínimo, le obligué que me metiera la mano en el coñito, pensando que así se pondría en forma. Fue inútil.
Oí la puerta de la cocina, con lo que callamos. Me sentí muy caliente y nerviosa. Era el señor Eckhard, el que acababa de entrar en casa. ¡Mi deseo se fijó en él, como calmante, y pensé que podría follarme! Despedí a Shani a tal velocidad que el pobre no entendía lo que me pasaba.
Corrí, ansiosa, en busca del señor Eckhard, a quien evitaba cuidadosamente desde mi encuentro con el señor Horak en la bodega y con Alois en brazos de Clementina. Pero en aquel momento en que mi calentura adquiría tal grado, me sentí muy confortada al verle. Imaginé su espada, que deseaba ver y acariciar de nuevo, reviví las ternezas que me dedicaba, a la vez que pensaba en las hermanas y madre de Shani, que podían disponer de una buena polla para su satisfacción siempre que lo desearan; me olvidé de Franz, mi hermano, que también se alegraba de joderme cada vez que se lo pedía, aunque durante mucho tiempo no tuvo mucho interés por mí.
Decidida, fui al encuentro del señor Eckhard y antes de que tuviera tiempo de hablar, ya le había puesto la mano sobre los pantalones, le había rodeado el cuello con el otro brazo y le susurraba:
-De prisa, ¡apresúrese, antes que llegue alguien!
Noté su erección, pero me preguntó:
-¿Darme prisa? ¿Para qué? ¿Qué quieres?
El sabía bien lo que quería, pero me preguntaba para oírlo por mi boca; ello me avergonzó algo, pero sin titubear le respondí:
-Quiero que me joda… en seguida.
Al oírlo, el señor Eckhard se precipitó sobre mí, con tal ímpetu que a poco me derriba. Yo quería que lo hiciera en la cama, por lo que tiré de su polla y lo llevé al lecho, donde nos arrojamos. Puso tal empeño en metérmela, que casi me partió en dos.
Rodeé con mi mano el aparato, sosteniéndolo de forma que sólo me entrara la cabeza. El placer que sentía era celestial. Sentía palpitar su formidable verga en la mano y dentro de mí.
El la metía y la sacaba, dándome tal placer, que me preguntaba cómo era posible que deseara a otro hombre. Con gran placer exclamaba:
-¡Oh… ¡Siga!... ¡Así… ¡Muy bien!... ¡Métamela con fuerza!
Cuando se corrió, pareció perder los sentidos, se retorcía y gemía, con movimientos espasmódicos. Pero yo deseaba más, pues aún no estaba satisfecha. Estaba ansiosa de enseñarle lo que había aprendido con el señor Horak, por lo que empecé a jugar con su instrumento. Deseaba que me jodiera por detrás, de modo que le tomé la verga con los dedos medio y pulgar humedeciéndosela, como había visto hacer a Clementina con Alois. Como vi que el procedimiento no funcionaba, la metí en la boca, chupando y lamiendo la cabeza. Su vello me hacía cosquillas en el rostro y le acariciaba los testículos, sin dejar de observar si el aparato aumentaba de tamaño para ponerse en forma.
Me agarró para tener otro “encuentro”, pero yo, mimosa, le dije:
-¿No quiere penetrar más adentro?
-¡Sí, sí! –titubeó-, hasta adentro… toda ella dentro… pero no se podrá.
-¡No! ¡Así no se podrá!, -le dije haciéndome a un lado.
-¿Cómo entonces? –preguntó.
Me volví de espaldas, metí la mano por entre las piernas, cogí su aparato y me lo metí. Lanzó un gruñido, como de un cerdo, cuando su enorme polla, que había mojado yo con saliva, me penetró, lo metió más y más (en realidad mucho más que la que había conseguido el señor Horak). La sensación experimentada me produjo una satisfacción difícilmente igualada.
El señor Eckhard había enloquecido hasta el punto que hube de retirarle la mano de mi coño, pues actuaba con tal vehemencia, que pensé en la posibilidad de que me desgarrara.
Apreté las nalgas y gimió de placer. Me gustaban tanto sus lamentos que repetí la apretada varias veces más, con la consecuencia, contraria a mis deseos, de que se corrió, quedándose exhausto apoyado en la pared.
Me levanté y al notar dentro de mí todavía su potente máquina, me recorrió por todo el cuerpo un estremecimiento de placer. Los jugos que con su corrida me había inyectado, resbalaron por entre mis piernas, cosquilleándome al gotear.
Mi excitación no me permitía el reposo. Con la disculpa de secarle, empecé el movimiento de hacerle una paja, moviendo arriba y abajo su prepucio. Me pidió que lo dejara tranquilo, pero yo no estaba aún satisfecha. Pensaba en Shani y en sus tres mujeres, y ello me estimulaba de tal modo, que mi comportamiento con el señor Eckhard fue tan descarado, como nunca más lo ha sido con nadie.
-¿No ha follado desnudo? –le pregunté.
-¡Pero si ya hemos estado juntos en la cama! –me recordó.
-Sí, pero no me refiero a eso, sino a estar en pelotas del todo.
-¿Ya has follado así? –inquirió.
-No –le mentí-, pero me gustaría. Y usted, ¿lo ha hecho así?
-¡Claro que sí! Ya estuve casado una vez.
-¿Murió su esposa?
-No, no ha muerto.
-¿Dónde está?
-Pues… ¡decidió hacerse puta!
-Ah… ¿entonces, yo también soy una puta? –le pregunté recordando que el señor Horak me había llamado así.
-¡Oh, no! –exclamó riendo-. Tú eres mi querida Pepita. No había follado nunca con una niña como tú –continuó, acariciándome, por lo que yo volvía a mis juegos con su verga- ¿Por qué te agrada follar tanto?
No contesté, y me volví a meter todo su aparato en la boca, sintiendo otra vez sus pelos en mi cara. No logré que se le empinara.
-¡Oh, sabe tan bien! –murmuró al cabo de un rato.
Sacó la polla de mi boca y comenzó a frotármela en mi raja. Parecía que me lamía una lengua enorme.
-¿Te gusta?
-¡Sí! Pero ¿Por qué no se le empina de nuevo? –pregunté- La quiero bien dura y fuerte.
-Si tu madre se enterara de lo que estamos haciendo… -dijo de pronto.
Me eché a reír y le dije:
-A mi madre le encantaría que a mi padre se le empinara con más frecuencia.
-¿Cómo sabes eso? –me preguntó, lleno de curiosidad. Seguía acariciándome el coño con su verga.
Me escuchó muy serio mientras le relaté la escena que había presenciado, y me preguntó:
-¿Así que tu madre dijo que buscaría a alguien que la jodiera bien?
En este momento se le empinó, me sentó sobre él a horcajadas, e hizo que me entrara lo más adentro posible. Empecé a dar saltos sobre él acelerándolos a medida que llegaba a mi clímax, y grité:
-Me estoy corriendo… no la meta tanto… Allí me duele… allí… ¡muy bien!... ahí… ¡Me estoy corriendo de nuevo!
-¿Crees que tu madre aceptaría joder conmigo? –me preguntó.
-¡No lo sé! –contesté sin dejar de subir y bajar.
-Pídele a tu madre que joda conmigo. ¿Querrás hacerlo en mi nombre?
-Sí –respondí- pero siga, ¡Oh!... por favor… ¡siga!... ¡lo estoy pasando tan bien!
Metía y sacaba con gran estilo, cada vez que su pijo estaba más tieso, como si pensara en lo que me había pedido. Yo pensaba, sin poder impedirlo, en las hermanas y madre de Shani.
-¿Tu madre accederá? –me preguntó de nuevo.
-¡Es posible! Yo qué sé –le contesté- ¡No tan adentro! Le advertí, al notar un nuevo empujón.
-Supongo que a tu madre sí podré metérsela entera.
-¡Ya lo creo!
-Si me follara a tu madre, ¿te gustaría?
-¡Sí! –contesté para agradarle.
En ese momento me corrí. Yo salté, y él, como no había terminado, renegó frenético:
-¡No te vayas diablilla… tonta… no te vayas antes de que yo acabe! –Tuve que terminar la tares con la mano. Creí que no terminaría nunca.
Se había oscurecido el cielo, por lo que nos fuimos cada uno a nuestra cama. Pasado un rato, me levanté y fui a su cuarto, me quité el camisón y desnuda me paré junto a su cama. A pesar de su primer rechazo, no tardó en acariciar mi cuerpo desnudo, mis tetas y mi coñito. Me acarició los pezones con los dedos húmedos, el vientre y por último me metió los dedos dentro. Mi excitación me obligaba a estremecerme continuamente.
-¡Vamos señor Eckhard… apresúrese!, puede llegar alguien.
-¿Para qué? –me preguntó.
-Quiero follar –le contesté en un susurro.
-Pero oye –me dijo al tiempo que me ponía sobre sus rodillas y me miraba a la cara-: Ya te jodí tres veces hoy, ¿todavía quieres más?
-¡Sí, pero desnuda! –respondí.
-Pero mira cómo tienes tu chochito –me dijo-. Es por todo lo que te he jodido antes.
-¡Pero no es por lo de hoy! –le dije impulsiva.
-¿Cómo dices? ¿Desde cuándo entonces? –inquirió, mientras me metía el dedo en la raja, lo que me excitó aún más- ¿Así que habías follado antes? ¡Me parece que lo has hecho demasiadas veces! ¿Con quién? –Y seguía moviendo su dedo dentro de mí.
Estaba como loca, de tanta excitación, pensé rápidamente, y decidí contarle mis aventuras con el señor Horak, que también era un adulto.
-¿Con quién has follado antes? ¡Tienes que decírmelo! –insistió inclinándose sobre mí con gran curiosidad, a la vez que doblaba su dedo por dentro.
-¡Con el señor Horak! –contesté.
-¿El vendedor de cerveza?
-¡Sí!
-¿Desde cuando?
-¡Hace mucho tiempo!
-¿Antes que yo?
-¡No, después!
-¿Dónde?
-En el sótano.
-¿Y cómo fue que te usó con tanta violencia?
-¡Porque tiene una polla larguísima!
-¿Muy larga? ¿Más que la mía?
-Sí, mucho más… ¡pero no tan gorda!
-¿Cuántas veces te folló?
-Siempre lo hace cinco veces –le mentí para picarle.
Esto le excitó y me dijo:
-Estupendo. ¡Te follaré otra vez! ¡Ven!
Me metí debajo de él, que se despojó del pijama, y sentí su cuerpo desnudo contra el mío. Fue inútil, no se le empinaba.
-¡Maldita sea! –murmuró- ¡Me gustaría hacerlo!
-¡A mí también! –contesté apretando contra él, pero sin lograr nada.
-Ven –me dijo- tómalo de nuevo con la boca, así lograrás que se enderece. ¡Supongo que también se lo hiciste al señor Horak!
-¡Sí! –afirmé.
Empezó a moverse en la cama y me incliné hasta que se la cogí con los labios. Tenía mi rostro sobre su vientre y temía que llegara alguien de mi familia, casi no podía respirar, pero me empeñé en el trabajo con todas mis fuerzas. El señor Eckhard continuaba su movimiento arriba y abajo, como si estuviera follando.
Al cabo de un rato, empecé a sentir cómo se enderezaba la herramienta, hasta que me fue imposible mantenerla dentro de la boca. Empezó a latir y estremecerse. Rápidamente, me deslicé hacia arriba hasta que la tuve entre las piernas. Lo agarré con fuerza y me la metí deprisa en la raja hasta donde me fue posible, sin soltar la parte que quedaba fuera.
Era muy agradable sentir cómo entraba y salía. El señor Eckhard jodía como un loco, a la vez que decía:
¡No hubiera creído nunca que podría hacerlo otra vez!
-¡Empuje con más fuerza! –rogué- ¡Empuje con más fuerza!...
Me apretó los pechos y me acarició los pezones con los dedos húmedos; el placer me embargaba de la cabeza a los pies. Aflojé un poco las manos y noté cómo entraba un poco más.
-Espera –me dijo-, ahora diablillo… putita… te enseñaré una cosa.
Acercó su boca a mi oreja y con la lengua me la lamió por fuera y por dentro. Me pareció que alguien más participaba en el juego, como si me jodieran seis hombres a la vez –en mi coño… en la boca… en las orejas, en los pezones… Apenas podía contener mis lamentos de placer.
-¡Dios mío! ¡Señor Eckhard… es tan bueno! No dejaré que nadie más me lo haga… ¡sólo usted!... nada más que usted… ¡Dios mío! Me estoy corriendo… ¡Métala!
Entró un poco más todavía, empezó a dolerme, pero no hice caso.
-¡Espera! –me dijo, mientras seguía trabajando con su lengua en mis orejas-: Te enseñaré a follar… Te joderé hasta que no quieras volver al sótano para que te ensarten sobre los barriles de cerveza. Te follaré como lo hacía con mi esposa… aunque te destroce… me tiene sin cuidado. Muévete conmigo, así… ¿no te gusta más así?
-No, señor Eckhard, no volveré nunca más al sótano… No volveré a aceptar al señor Horak como mi follador. Nadie… sólo usted… nada más que usted… ¡Nunca volveré a joder con Alois… ni con Robert… ni con Franz… ni con el soldado… sólo con usted!
-¿Ya habías fornicado tanto?
-¡Sí! –contesté- ¡Y también con otros muchos chicos!
- Pues entonces no me preocupa que algún día puedas llegar a acusarme.
-No, señor Eckhard –susurré en el éxtasis- ¡jódame todos los días! ¡Es tan bueno!
Y añadí:
-¡Oh! ¡Me estoy corriendo otra vez… siga… siga… siga así… más rápido… más fuerte… oh! Si me pasara algo, nada más diga que fue el señor Horak quien lo hizo… ¡Debe joderme todos los días… sí, todos los días… oh… oh… ah… oh… ah! No me importa lo que pase. Seguiré follando con usted hasta que pueda metérmela toda.
Seguí con afán, sin articular palabra. Las manos me ardían; el coño me ardía; las orejas me ardían; me faltaba el aliento. Eckhard se empeñaba con la precisión de una máquina.
¡Seguimos haciendo el amor por lo menos una hora! A veces preguntaba:
-¿Va a terminar pronto?
-¡No! –me respondía.
-¿Todavía no?
-¡Pronto!
-Señor Eckhard, por favor, me está haciendo daño –volví a insistir-, me duele terriblemente.
-Es un momento, querida. ¿Puedes correrte otra vez?
-¡No! No puedo hacerlo otra vez. Por favor, córrase usted… Por favor, señor Eckhard, por favor, termine.
De una forma violenta, la metió de nuevo, pensé que me partía en dos. Empezó a correrse, eyaculó tanto que creí que se estaba orinando. Cuando acabó se quedó estirado sobre mí como un tronco, gimiendo. Medio aturdida me arrastré para salir de debajo y librarme de su peso.
Me dijo:
¡Y ahora, largo de aquí diablillo… maldita putita!
En silencio, me fui a mi alcoba, me puse el camisón y me tiré en la cama. La raja me ardía como si tuviera fuego en mis entrañas. Creí que estaba desgarrada y que sangraba. Encendí una luz y me miré con ayuda de un espejo de bolsillo. No vi rastros de sangre, pero me asustó al ver lo roja e inflamada que estaba y lo abierta que la tenía.
Estaba molida, me acosté, apagué la luz y a los pocos minutos oí a mi familia que volvía a casa. Fingí que dormía y así me quedé en un dulce sueño.
El señor Eckhard, amaneció enfermo. Permaneció en la cama poniéndose compresas frías en la cabeza y supongo que en otro sitio. Aparte de la inflamación de mis partes, yo me encontraba perfectamente. El no me vio y evité dirigirle la palabra. Casi todo el día lo pasó dormido, por la tarde, al pasar cerca de su cama, me dijo:
-¡Esto es por tu culpa!
Me asusté por sus palabras, y fui a buscar a mi madre, para preguntarla:
-¿Qué le pasa al señor Eckhard?
-No lo sé. Está enfermo.
Al poco rato, oí como mi madre le preguntaba:
-¿Qué le pasa en realidad, señor Eckhard?
Me asusté. Tenía la seguridad que su respuesta sería “La culpa es de Pepita”. Pero no pude oír su respuesta; sí oí la de mi madre:
-¡Vamos, no me cuente eso!
-¡La chica me excitaba! –respondió él- ¡Ya le he dicho que estaba como loco!
Ante éstas palabras, se apoderó de mí un gran temor.
-Pues debe ser una puta despreciable, -oí a mi madre.
-¡No, no, no… sólo se trataba de una niña, no creo que supiera lo que estaba haciendo! Tenía, poco más o menos, la misma edad que su Pepita –sus palabras me hicieron recobrar el aliento, pero mi madre dijo escandalizada:
-¿Y se atrevió a abusar de una niña?
-¡Tonterías! ¡No abusé de nadie! –dijo él riendo- ¿Cómo hacerlo si fue ella la que me sacó el aparato del pantalón y se lo puso en la boca para chupármelo? ¿Cómo se puede abusar de una niña que le hace a uno eso?
-Los chicos de hoy son unos malvados –dijo mi madre indignada-, y esto me recuerda que siempre se les vigila poco –bajó la voz tanto, que sólo pude seguir la conversación a través de las respuestas de él, que parecía sentirse mejor, pues apuntó:
-Vamos, no la podía meter tanto… sólo un poco… se lo enseñaré… ¡Déme su mano!
-¡No, no! ¡Muchas gracias! ¡Qué se ha creído usted!
-Perdón, no hay ningún mal en que se lo enseñe-replicó él.
-¿Cuántas veces me ha dicho que lo hicieron? –le interrumpió ella.
-¡Seis veces! –mintió él.
Esta conversación me divertía, pues me di cuenta que mi madre no tenía la menor idea de lo que había pasado.
-¡Vamos! –exclamó mi madre- ¡Es imposible! ¿Seis veces? ¿Por qué me engaña así?
-Le estoy diciendo la verdad –insistió él- ¿No ve que casi no puedo moverme? ¡Seis veces!
-¡Oh, no! –mi madre no le creía- ¡Ningún hombre puede resistir eso!
-Perdone, señora Mutzenbacher, pero ¿su marido no ha llegado a joder seis veces en una sesión con usted?
Con una sonrisa franca, mi madre dijo:
-¡Claro! ¿qué pasa con eso…?
Como entraba alguien en la casa, se acabó la conversación; yo me sentía aliviada de todos mis temores.
La enfermedad del señor Eckhard duró varios días. No estuvo siempre en la cama, pero rondaba por la cocina en calzoncillos y zapatillas. Se sentaba a menudo en compañía de mi madre. Por lo que les oía, me di cuenta que seguían hablando sobre la aventura.
Unos días más tarde, pude salir de la escuela a media mañana. Cuando llegué a casa, pensé que no había nadie, pues la cocina estaba desierta; pronto me di cuenta que dentro de la habitación, cuya puerta estaba cerrada, estaban mi madre y el señor Eckhard. Me quedé quieta para poder oír la conversación. Me acerqué a la puerta de puntillas, escuché:
-Usted no oyó nada. ¡Está mintiendo! –decía mi madre.
-Trate de recordar –insistió él-; usted le dijo que aún no se había corrido, y quiso hacerlo otra vez.
-¿El por segunda vez? –se rió mi madre- ¡Ya me conformo con que pueda hacerlo la primera!
-¡Entiéndalo! –contestó muy serio el señor Eckhard-. Su marido está tan débil que se corre antes que usted.
-Supongo que no sería mejor con otros hombres –dijo ella riéndose.
-En eso se equivoca. Yo puedo contener tanto como quiera. ¡Puede usted correrse tres veces, antes de que yo lo haga una –respondió el señor Eckhard.
-Eso lo puede decir cualquiera –señaló mi madre con una carcajada- ¡No me lo creo!
-Bueno, ¡Déjeme intentarlo y se lo demostraré!
-¡No!, no puedo hacer eso, usted lo sabe –dijo mi madre.
-¡Vamos! -dijo él tomándola por las caderas- ¡Me encuentro como para hacerlo un par de veces!
-¡Déjeme ir! o gritaré –forcejeó ella.
-Vamos… déjeme hacérselo –murmuró él soltándola, pero manteniéndose a su lado- ¡La he deseado durante mucho tiempo!
-Soy una mujer decente, no lo olvide.
- Mi madre era delgada y bien formada, de buen ver, de treinta y seis años. Su cara se mantenía lozana y el cabello era rubio.
-No parece que usted haya tenido tres hijos –dijo el señor Eckhard-. Bueno, sólo se puede pensar viéndole la cara, presumo que de otra forma si que será evidente.
-Se equivoca, -protestó ella- estoy tan fresca como cuando era una niña.
-Vamos, sus pechos lo revelarían –ensayó él la técnica de la duda.
-Mis pechos se conservan como siempre –estalló mi madre indignada.
-Debo de convencerme por mí mismo –dijo, tratando de tocarlos.
-Si no me cree… -retrocedió mi madre- ¡déjeme!
-Caray… si es maravilloso, se diría que pertenece a una jovencita –dijo él apoderándose de un pecho y oprimiéndoselo-. ¡No había visto nada igual en mi vida!
Después de un ligero forcejeo, mi madre se quedó inmóvil y con una sonrisa triunfante le dijo:
-¿Lo ve usted? ¿Me creerá ahora?
-¡Por supuesto! –y le tomó el otro pecho con la mano libre.
Siguió jugando con los pechos de mi madre, sin que ésta opusiera ningún reparo; desde mi situación observé que se le iban endureciendo.
-Es usted una tonta, al esforzarse para lograr que su marido la deje satisfecha, cuando hay hombres que darían cualquier cosa por follar con usted, nada más que en beneficio de esos hermosos pechos.
-Pero soy una mujer honrada –contestó ella, permitiendo que él la acariciara.
-Eso es una tontería –siguió él-. Cuando una mujer no consigue de su marido una buena satisfacción, se acaban las obligaciones. Con la Naturaleza, hay que cumplir –le desabrochó el vestido y dejó sus pechos al aire.
-¡Basta! –susurró mi madre, intentando apartarse de él. El la detuvo y le besó en un pezón, ella se estremeció.
-¡Basta! ¡Basta! –murmuró ella.
La cama no había sido arreglada desde el día anterior. Ellos estaban junto al lecho, de pie. El la tiró sobre la cama, se colocó sobre ella y entre sus piernas. Ella se resistía, él intentaba sujetarla.
-¡No! ¡No! ¡No quiero! ¡Soy una mujer decente! –protestaba ella.
-¡Bobadas! ¡No me extrañaría que usted ya se hubiera beneficiado de un venablo tan ajeno como este! –dijo él.
-¡No!... ¡Jamás! Retírese… gritaré.
-No sea tonta, lo haré muy bien –dijo él tocando el coño con su aparato, a la vez que le estrujaba con fuerza las tetas.
-¿Y si alguien viene? –imploró mi madre.
-No va a venir nadie –dijo él a la vez que empujaba con más fuerza. Ella se había quedado quieta; con un murmullo de voz dijo:
-No lo haga… se lo suplico… -de pronto lanzó una carcajada y dijo: ¡Espabílese! ¡así no va a encontrar el camino!... ¡Yo le ayudaré!
Poco después todo se tranquilizó, la oí suspirar, ya había encontrado él su agujero. En un instante había cambiado el panorama. Ella se estremecía como posesa, y se abría de piernas cuanto podía. El la abrazó, diciendo:
-¡Lo haremos!
No me perdí ni un solo detalle y vi cómo en ese momento la jodía a más no poder. No sabía qué hacer, dudaba entre quedarme a verlos o salir corriendo a buscar al señor Horak. Temiendo que si me movía podrían sentirme, opté por quedarme quieta y no perder detalle. Mi madre se movía al unísono con el señor Eckhard mientras decía éste:
-¡Pero es maravilloso! ¡Usted lo hace de maravilla! Tiene un cálido conejito y pequeño… y trabaja tan bien… podría aguantarme toda la vida… sólo dejándoselo adentro.
Mi madre respiraba cada vez con más fuerza y repetidamente, por fin dijo: -¡María… José… me hace daño! ¡Qué polla tan grande y gorda! ¡qué dulce!... Oh, es tan diferente a todo lo que he tenido… Siento como si me llegara a los pechos… Oh, fólleme con más fuerza… ¡me estoy corriendo!
-¡No se precipite! –dijo él-, todavía no quiero correrme.
-¡Es tan diferente a todo lo que he tenido hasta ahora…!oh, pero qué gusto!... ¡Jamás me lo había pasado así! Cuando no hay que apresurarse –decía ella-. Mi marido, hace rato que habría acabado; ¡oh! Pero qué rico es… ¡Métala… déjela allí… mi marido nunca haría nada con eso!
-¿Quiere que se la saque ahora? –dijo él retirándose un poco.
El se la metió de nuevo y ella le estrechó con fuerza gimiendo sordamente:
-¡Oh, es delicioso! Me estoy corriendo… me estoy corriendo… ¡Por el amor de Dios, no me la saque ahora… ¡Por favor!
El la embestía una y otra vez.
-¿Ahora sí que me deja follarla, pero antes se opuso a ello?
-¡Oh, Dios mío! ¡Si lo hubiera sabido… lo agradable que es… lo portentoso de su polla… y lo bien que sabe joderme…! ¡Ahora… ahora!
Boqueaba, le faltaba el aliento, gritaba, reía, chasqueaba los labios. El se mantenía firme.
-Me corrí –dijo ella.
-No importa, puede hacerlo otra vez –señaló él- y siguió con sus movimientos.
-¡Oh… me estoy corriendo de nuevo!... ¡Oh! Mi marido jamás lo habría hecho… Oh… ah… me estoy muriendo… Siento que su verga me penetra hasta la boca… Por favor, magréeme los pechos… juegue con ellos… ¡Ahí, ahí!... ¡Continúe follándome… por favor!
-¿Ahora sí que puedo tocárselos? ¿No va a decir que es una mujer decente? Ahora que le estoy trabajando el hoyo, las tonterías de antes pierden del todo su sentido.
Ella contestó, suplicando:
-¡Sí, sí!... ¡Pero déjela ahí!... ¡Me estoy corriendo otra vez…! ¡No me importa que venga alguien… no me importa que me deje preñada, pero me tiene sin cuidado. Usted cuando se corre, no se queda quieto, mi marido se deja caer como un muerto. ¡Oh, es celestial! Si mi marido pudiera correrse dos veces, estoy segura que sería su límite.
Se quedaron quietos, habían terminado. Se sentaron; mi madre tenía el cabello revuelto y el vestido arrugado. Se tapó la cara con las manos y entre los dedos le lanzó una sonrisa.
-¿Está todo bien ahora? –le dijo él retirándole las manos.
-¡Qué polla… qué polla! –dijo ella, cogiéndola con ambas manos, ¡me parece que todavía la tengo dentro!
Se agachó, la cogió con la boca, y empezó a mamarla. Como por arte de encantamiento, empezó de nuevo a empinarse.
-¡Vamos! ¡Empecemos de nuevo! –pidió él sacándosela de la boca.
-No, no. ¿es verdad que podría follarme otra vez?
-No tiene importancia, y lo haría cinco veces más si no viene nadie.
-Esperémoslo. No sé… creo que estoy loca… ¡No me puedo aguantar! Temo que venga alguien, sentémonos aquí, dijo ella.
El tomó asiento con su pijo en perfecta erección. Mi madre con cuidado se sentó a horcajadas sobre él. Con las manos, sin perder tiempo, guió la verga hasta acomodársela a su gusto. Empezó a dar saltos como un animal.
-¡Oh, Dios mío!... ¡Así resulta aún mejor! –exclamó- parece como si me llegara al corazón.
-¿Ve usted?, si no fuera tan orgullosa, hace tiempo que habríamos hecho esto, dijo el señor Eckhard.
.Coja mis tetas… ¡Cójame toda! ¡He estado quince años casada y jamás había follado así!... Mi marido no se merece una mujer hecha y derecha.
El, le besó un pezón y después el otro.
-Me estoy corriendo… Siempre me estoy corriendo, cada momento. La naturaleza hace valer sus derechos… ¡Oh, qué hombre! ¡Es maravilloso cómo jode! ¡Me estoy… oh, otra vez… me estoy corriendo otra vez! –Se oyó después el estertor de mi madre. El hombre la alzó hasta donde pudo, sin soltar sus pechos, pero ella ni se dio cuenta. Sin moverse, prácticamente adosada a él, recibió la descarga. Su cuerpo se estremeció y se quedó inmóvil como una muerta.
Se levantaron y, sin esperarlo, mi madre se arrodilló frente a él, le cogió la polla con la boca y empezó a mamarla y lamerla con una intensidad como si hubiera enloquecido. El dijo:
-¿Te parece que disfrutemos así con frecuencia?
-Usted sabe que todas las mañanas estoy sola –dijo apartándose.
-¡A estas horas, yo estoy trabajando! –protestó él, agitando la cabeza.
-Entonces, esperaré a que mi marido se vaya a la taberna y me iré a su cama por las noches.
-¿Y los niños?
-No hay que tener cuidado, ellos duermen.
-No esté muy segura de que todos los niños duermen –oí que contestaba él, y sin duda pensó en mí al decirlo.
-No, no oirán nada –aseguró mi madre-, cuando follo con mi marido no oyen nada, ¿por qué habrían de oírlo ahora?
-En fin, esperemos que así sea.
Mientras discurría esta conversación, ella no había dejado de mamársela, dejándolo sólo para hablar.
-¡Quiero joderla otra vez!, ¡rápido, antes de que llegue alguien!
Se levantó, como si estuviera sobre un muelle.
-¡Por Dios! ¿es posible? –exclamó- Deprisa pues, ahora sólo me correré una vez.
Ella se estiró sobre la cama, y se levantó el vestido.
El dijo:
-¡No, dése la vuelta!
Se acercó junto a la cama y la colocó hasta que su cabeza tocó la colcha; entonces, levantándole el vestido la ensartó por detrás.
Gimió, lanzó un suspiro y susurró:
-Ya me estoy corriendo! ¡Oh, por favor… córrase conmigo ahora… ahora!
Se retiró, se secó el sudor de la frente. Mi madre tomó un recipiente con agua, se colocó en cuclillas y se lavó sus partes. Cuando terminó, le pidió que le besara los pechos por última vez, cosa que él se apresuró a hacer con avidez. Se abrochó el vestido y dijo:
-Quizá le vaya a buscar esta noche.
-Estaré encantado en recibirla –le replicó.
-¿Y qué me dice ahora de la putita con la que folló seis veces? –le preguntó, sin saber que era de su hija de quien hablaba.
-¿Qué quiere saber de ella?
-¿Piensa volver a follar después de esto con ella?
-¿Está celosa? –preguntó el señor Eckhard, con una sonrisa.
-¡Sí! –respondió- Quiero que sólo me joda a mí… ¡sólo a mí!
-Eso no es justo, ¿usted follará con otros?
-¿Yo? ¿Qué quiere usted decir? –preguntó ella asombrada.
-¡Por lo menos, no impedirá a su marido que la joda! ¿o sí?
-¡Ah, lo dice por él! ¡No volveré a permitirle hacerlo!
-¡No podrá! El se lo exigirá alguna vez.
-¡Sí! Pero sólo podrá hacerlo una vez cada dos o tres semanas. Así usted no se molestará. El lo hace muy torpemente, con dos o tres empujones ya acaba.
-Así pues, yo también follaré con mi niña cada dos o tres semanas, como tampoco podré metérsela del todo, quedaremos en paz.
-Por favor, tenga en cuenta que si lo sorprenden, lo arrestarían.
-No, no me sorprenderán –dijo él con una carcajada-, usted puede estar segura de encontrarme en forma, aun cuando yo me entretenga con la niña de vez en cuando.
-Será mejor que se vaya ahora. Está a punto de ser mediodía y es posible que venga alguien –le dijo mi madre.
Le abrazó, se acariciaron mutuamente sus partes íntimas, lo besó y se retiró de la habitación.
Cuando me vio, se llevó un sobresalto que no pudo articular palabra. Con un guiño de complicidad me preguntó:
-¿Te diste cuenta de todo?
Como yo me mantuve callada, sonriendo irónicamente, me metió la mano por debajo del vestido acariciándome y me dijo:
-¿Verdad que no se lo dirás a nadie?
Dije que no, con un movimiento de cabeza; él, temeroso de que apareciera mi madre, se detuvo. A partir de aquel día los espié varias veces durante la noche, e incluso alguna vez les observé en su diversión durante la tarde.
Sin embargo, después de aquello, no permití nunca más al señor Eckhard que volviera a joderme. No sé lo que me impulsó a ello, pero lo cierto es que lo decidí así.
Hasta que un día llegó a casa más pronto de lo que acostumbraba, sabiendo que me encontraría sola. Intentó acariciarme, y cuando me opuse me tiró sobre la cama, subiéndose encima de mí. Yo logré apretar las rodillas, con tal fuerza, que no consiguió lo que se proponía. Se levantó, me miró, y jamás volvió a importunarme.